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María de la Concepción de Oleza y Gual de Torrella era la primogénita de los Sres. D. Jaime de Oleza y de España, Teniente Coronel de Infantería, y de Dª María de la Concepción Gual de Torrella Villalonga. Le seguirían 8 hermanitos más. Su padre, D. Jaime era a la vez el primogénito (el heredero) de su familia.
 
ASCENDIENTES FAMILIARES

Se trata de una de las familias de más alcurnia de nuestra ciudad de Palma, venida con el Rey Jai-me I para la conquista de Mallorca, familia muy cristiana, patriarcal y de sanas tradiciones. Como dato curioso para nuestra Orden, será bueno decir aquí que el célebre historiador carmelita, Fr. Angelo Torrens en su libro “las glorias del Carmelo” escribe que en el año 1375 el Rvdmo. P. Prior General de la Orden Fr. Bernardo que algunos llaman Bernardino” Olense”, era un ascendiente de la dicha dinastía OLEZA, y fue reelegido en Brujas en 1379.
Para más honra de la familia diremos asimismo que el primer Obispo de nuestra isla de Mallorca fue también un antepasado suyo: RAMON TORRELLA.

Eran sus padres muy rectos y buenos cristianos y toda la familia devotísimos de la Sma. Virgen María y del Corazón de Jesús. A todos sus hijos pusieron el nombre de María, y al único varón Mariano, que murió gloriosamente en el frente en 1938 dando la vida por salvar a un compañero suyo de menor graduación.

 
Madre Concepción en brazos de su madre.



INFANCIA
María de la Concepción nació el 25 de abril de 1905. Recibió las aguas del Bautismo en la Parroquia de Santa Eulalia el día siguiente, imponiéndole los nombres MARIA DE LA CONCEPCION, MANUELA, JOSEFA Y DE TODOS LOS SANTOS llamándola familiarmente MARIA. Nos contaba con gracia que una sirvienta le decía muchas veces: “rata pinyada” (“murciélago”) y, tanto se lo decía, que al fin la niña repitió así como le fue posible: ”da-ta-pi-ña-da” . Nos decía como con pena: ”Ya ven, la primera palabra que dije, en lugar de decir Jesús o María fue : “rata pinyada”.
Recibió el sacramento de la Confirmación a los dos años, el 12 de Junio de 1907.    
De pequeñita ya dejaba sentir su genio y tozudez. Un día su padre le hizo recoger un papel del suelo, y de ninguna manera quiso hacerlo, entonces su padre la amonestó y fue tan voluntariosa como Santa Teresita. Lloró tanto que su padre le hizo en aquel preciso momento una fotografía, para que así viéndose tan fea, escarmentase y no llorase más. Mucho tiempo estuvo en su casa aquella célebre y original fotografía, hasta que hace poco sus hermanas la han roto.
Hizo su Primera Comunión en la iglesia de las MM. Reparadoras de la ciudad, a los 7 años de edad.
En aquella casa se practicaban las devociones más piadosas y comunes: Mes del Sdo. Corazón de Jesús, el Mes de Mayo, el de las Animas, el de San José. Todas las tardes la familia reunida en aquella casa “pairal” rezaba el Santo Rosario con el personal de servicio. Lo solía dirigir su abuelo, y cuando él falleció, lo dirigió su mismo padre, que era el hijo mayor. Mientras tanto hacían purificadores, bordados de casulla, pasamanería para cíngulos, bordado en seda, en blanco... etc. Todo para la capilla de su casa. Como que María era pequeña y todavía no sabía manejar la aguja no le daban ninguna labor. Entonces protestaba vivamente diciendo y a mí: “des, des, des” = “res, res, res”, (nada, nada, nada). Cuando ya se fue haciendo mayor sí que ayudaba haciendo cosas para la iglesia, le daban trabajo como a sus tías y personas mayores; entonces era muy feliz, porque no le gustaba estar sin hacer nada.
Las tres hijas mayores no fueron nunca al colegio, sino que tenían institutrices en su casa para enseñarlas. Por las mañanas estudiaban; las tardes tenían libre y se reunían con sus primos para jugar todos los días. Llevaban una vida familiar muy intensa.

 De adolescente
ADOLESCENCIA- DEFECTOS.
Queremos señalar aquí de propósito todos sus defectos, y así hemos rogado a sus familiares que nos los cuenten, para que se vea más la obra que la gracia de Dios- juntamente con sus esfuerzos personales- va a realizar en ella. Es más; necesitamos hacer un verdadero acto de fe para creer los tales defectos que nos han contado, casi nos parecen inverosímiles, ya que la hemos conocido en el convento practicando heroicamente y como de modo connatural las virtudes contrarias a los dichos defectos. Bendito sea el Señor que realiza obras grandes con las almas que de verdad se le entregan.
Era pues María una niña muy buena, piadosa, y modesta, pero no santa ni perfecta todavía. Uno de sus defectos dominantes era el ser muy perezosa para levantarse por las mañanas. Tenía buena voluntad y hacía reiterados propósitos, pero nada le valía.
Como que tenía grandes cualidades para la pintura, D. Vicente Furió, célebre retratista, iba a su propia casa para enseñarla a pintar al óleo. El profesor le enseñaba a hacer bodegones, pero María no se conformaba sólo con ellos y muy pronto se lanzó a hacer retrato. Y lo hizo tan bien que el mismo D. Vicente se alarmó temiendo le quitaría sus “clientes”. Ella enseguida se dio cuenta de lo que ocurría y nos diría después con humildad y con verdad: “y a partir de entonces ya no quiso enseñarme nada más”. Pintó entre otros un óleo magistral: la entrega del Pilar a Santiago (su padre se llamaba Jaime). Magnífica y original composición suya en la que supo combinar la Virgen de la Trinidad de Velázquez; ángeles de diferentes cuadros de Murillo y otros; y al propio tiempo añadió unos cuantos angelitos más que eran retratos de sus propios familiares, como el de su hermanita fallecida a los dos años.
Hemos dicho que era muy perezosa para levantarse por las mañanas y así es. No había forma de levantarse puntual. Cuando D. Vicente Furió llamaba a la casa, desde la entrada, entonces y no antes, María se levantaba rápidamente de la cama. Y el tiempo que él subía la escalera, se arreglaba y lo recibía, como si llevase ya mucho tiempo levantada. También tenía otro defecto: Cuando acababa la sesión de pintura, nunca limpiaba la paleta. Alguien dice que incluso tampoco los pinceles. Un buen día sí lo hizo y ya siempre desde entonces. Este fue un detalle en el que el profesor reparó porque le llamó poderosamente la atención y ya se dio cuenta de que su alumna: ”iba para monja” ¡Qué respiro debió ser para él! Ya no le haría la competencia.
 
 
 De menina



MAS DEFECTOS
María, aunque era muy buena, tenía como ya hemos dicho defectos notables, sobre todo para sus propias hermanas que convivían con ella. ”No era humilde, sino más bien muy orgullosa y así, cuando se le reprendía, no contestaba, pero “alzaba un tanto el cuello” con aire de superioridad y quedándose con la suya.
Era, como la Santa Madre, en extremo aficionada a la lectura. Leía sin parar novelas y más novelas. Es verdad que tenían su moraleja. Eran libros buenos, de la Biblioteca Católica, algunos piadosos. Pero lo que quizás no era tan bueno era tan extremada afición. Por aquel tiempo se encargaba de su hermana pequeña, su ahijada. Y para que la dejase tranquilamente leer a sus anchas y no lloriquease, le hacía una “muñeca” de azúcar a manera de chupete. Daba una orden a las criadas que estaban en el piso de abajo: “subid azúcar”. Ponía los dedos índice y medio sobre cada párpado de la niña para que conciliase el sueño al tiempo que iba chupando el azúcar. Mientras tanto ella podía ya leer sin estorbos. De esta manera le vino a echar a perder los dientes a la pobre víctima.
Por otra parte al ser la mayor de 9 hermanos se sentía la “manda más” de casa y quería tener a todos bajo sus órdenes, pero había alguna hermana de las mayores que no se le sujetaba tan fácilmente. Además era egoísta y comodona: “por ejemplo, si había una butaca y podía sentarse ella, no dejaba que me sentase yo”, dice la dicha hermana. Y ¡cuánto le agradecemos estas confidencias que tanto nos ayudarán a glorificar a Dios y animarán a superar nuestras propias miserias!. Si ella, con la gracia de Dios lo logró ¿por qué no nosotros?


De estuardo


PUESTA DE LARGO
Aunque la costumbre era a los 18 años, María fue puesta de largo a los 16. Consistía sobre todo en recogerle el cabello haciéndose “moño” y ponerle tacón. Desde aquel momento ya se participaba en las fiestas de sociedad. Y así lo hizo, desde entonces empezó a frecuentar la alta sociedad de su tiempo. Tenemos fotografías en que María luce sus mejores galas y lujosos disfraces en las fiestas del Círculo Mallorquín. Iba también a zarzuelas, óperas, etc. en fin todo cuanto se presentaba. Era de natural muy modesta y muy recta en su manera de vestir y actuar. Por otra parte su padre nunca les dejó bailar.
No hemos dicho todavía nada de su físico: era de mediana estatura, de tez extremadamente fina y delicada, muy blanca, ojos azules y el cabello rojizo. Para uno de los disfraces, el de “ menina”,   se vieron en muchos apuros para encontrar tirabuzones postizos del mismo color de su pelo. Al fin se encontraron. A juzgar por las fotografías, algunas con aires de reina, a María le gustaba de lo más el parecer bien. Muchas veces después en el convento nos decía con gran sinceridad que se tenía por fea, (y a decir verdad no lo era nada) pero ¿lo pensaba así en aquella época de tantas fiestas?
Era una gran deportista: en las tardes de verano jugaba a tenis con amigos de la familia en alguna de las propiedades que tenían, que eran muchas. O en la finca que llamaban” corp marí” cerca del mar practicaba la natación. Pero quizás en lo que más se destacó fue montando a caballo. Los que la recuerdan nos dicen que era una gran amazona, (montando con las dos piernas al mismo lado). “Montaba a caballo con una gran elegancia, lo hacía como nadie”; ganó incluso algún trofeo en concursos de hípica entre amigos. También destacaría en saltar obstáculos altos y algunos de por sí tan dificultosos que muy poca gente se atrevía.
 Así será toda su vida. Movida por un amor ardiente al Corazón de Jesús, y deseos de no defraudarle, empleará toda su fuerza de voluntad e inteligencia para saltar con confianza y naturalidad los obstáculos más altos o dificultosos que Dios le irá poniendo a lo largo de su vida para llevarla a la cumbre de la perfección.
Como montaba tan bien, se la invitó a que tomara parte en una de las primeras películas mallorquinas patrocinada por un pariente de casa titulada “el secreto de la pedriza”, película de costumbres mallorquinas; en ella María montaba a caballo. Pero la mejor película que hizo en su vida fue la que ella misma protagonizó en sus 93 años, y cuyo Director y Productor fue Dios.
Cuando tenía 21 años acompañó a su madre a Roma y tuvieron el gozo de que las recibiese el Santo Padre. Ambas vestían el tradicional traje negro e iban ataviadas elegantemente con la “ peineta”. S.S. le concedió con su familia la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncie con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús.”
Visitaron las catacumbas, los lugares santos, ¡Qué bien se acordaba después y con qué veneración!. Pero no todo era fervor. En Roma vio un encaje muy rico que le encantó. Le pidió a su madre si se lo compraría para cuando se casase. “Si me gusta el yerno” le contestó ella.
En Roma conoció a un fraile franciscano menor, pariente del Beato Fr. Junípero Serra, mallorquín de Petra, célebre evangelizador en California. Más tarde le escribirá cartas de dirección espiritual.

 En la foto de recuerdo para dejar a la familia, tradicional entre las aspirantes al Carmelo.
SE PREDICA UNA MISION. María cae del caballo.
Nos encontramos ahora en la cuaresma de 1927, en este momento María tiene 22 años. Rodeada de todo cuanto una muchacha podía desear en el mundo; vivía tranquilamente gozando de su juventud, cuando se predicó una célebre Misión en la ciudad de Palma a cargo de PP. Jesuítas, Franciscanos, Misioneros de los SS.CC. y Capuchinos, distribuidos entre la catedral y tres grandes parroquias de la dicha ciudad que se movilizó por completo. Grandes y pequeños, ricos y pobres, la población se conmovía y tomaba parte en los diferentes actos y predicación de los fervorosos misioneros. Muchas vocaciones salieron de esta célebre Misión. María no podía tampoco faltar a ella pero nunca se imaginó que Dios la iba a tirar del caballo como a San Pablo o más bien de la cama, de donde era más difícil el “tirarla”.
El primer sacrificio que el Corazón de Jesús iba a pedir a “María la dormilona” sería el de levantarse a una hora que ella nunca había soñado, y que en toda su vida, por supuesto, nunca se había levantado: ¡las 5´30 de la madrugada! Sabemos ya lo perezosa que era para levantarse por las mañanas. Hacía esfuerzos, tenía buena voluntad, pero todo era inútil. Necesitaba de una gracia especial para vencer esta pereza. Y esta gracia le vendría a través de la Virgen.
 La Misión comenzaba con el rosario de la aurora, y María, como amaba tan ardientemente a la Sma. Virgen quería asistir a él; pero viéndose del todo incapaz de poder madrugar a las 5,30 llena de fe acudió a la Señora para que Ella misma la ayudase. Aquí la esperaba esta Madre incomparable. Desde aquel instante la joven entendió para toda la vida –y fue una de las gracias que la marcaron para siempre- entendió en un punto que no bastaban sólo sus esfuerzos por su propia cuenta. Tenía que contar sobre todo con la ayuda de Dios. La Virgen ya le había concedido la gracia. Desde aquel momento sería ya para siempre jamás la persona más puntual que imaginarse pueda; empezando por ese levantarse por las mañanas en el Carmelo, que a veces no es cosa tan fácil. Tocar las tablillas y dar un salto de la tarima era todo uno. Y esto toda la vida. Es más, durante muchos años se levantará antes que la comunidad para dar ella las tablillas.
En esta misión la Madre de Dios no sólo le concedió la gracia de levantarse pronto, sino que también a través del predicador, P. Iñesta, S.I. le consiguió el don de la vocación religiosa. La Virgen es siempre tan agradecida que aunque le ofrezcamos una miseria de sacrificio, ella viendo nuestro amor y buena intención se desborda en hacernos favores.
 
MARIA CATEQUISTA
Tenía ya entonces un gran espíritu misionero. Mientras enseñaba catecismo a sus dos hermanas pequeñas: Mercedes y Blanca, y a su prima Ana, les hacía ver que en Méjico los católicos estaban sufriendo una gran persecución religiosa, por lo que debían ser muy buenas y rezar por ellos.
También para inculcarles el amor a la Virgen les enseñaba el Bendita sea tu pureza, y el rezo de las tres avemarías por la noche y por la mañana. Además les enseñaría otras oraciones comunes como el ángel de la guarda, el credo, el yo pecador para hacer una buena confesión... Si María destacaba en estas clases por su gran paciencia, las pequeñas alumnas destacarían por ser diablillos andantes.
María  tenía una gran veneración y respeto hacia sus padres, y al mismo tiempo una confianza quizás mayor. Prueba de ello es que a la primera persona a quien confió el secreto de su vocación religiosa fue a su propia madre.
 SUS HERMANAS SE DIERON CUENTA POR..
En seguida que recibió la llamada de la vocación decidió dar un cambio rotundo en su vida y empezar en serio a escalar la montaña de la santidad el primer paso fue el dejar de ir a fiestas, teatros y a tantos lugares que acostumbraba asistir. Por lo que una de sus hermanas que solía salir con ella se dio cuenta enseguida y le dijo a su madre señalándola “esta va para monja” a lo que la joven sin pensarlo un momento, asintió.
Incluso una de las más pequeñas, Mercedes, (uno de esos diablillos a quien María enseñaba la doctrina y que tenía en esos momentos cerca de 5 años) se dio cuenta de la transformación porque mientras ella le estaba dando la clase, se le ocurrió a la pilluela la brillante idea de quitarle las horquillas que llevaba en el pelo, deshaciéndole por completo el moño y María no se enfadó lo cual fue muy extraño, pues antes le habría dado una buena reprimenda.
 Hasta las criadas se debieron dar cuenta, pues contra su costumbre María empezó a ayudarlas a subir jarras bien grandes de agua, desde la entrada donde está el pozo, hasta el piso de las habitaciones que venía a ser un tercero o un cuarto piso.
 
EL SECRETO DE SU VIDA: LA CONFIANZA EN EL CORAZÓN DE JESUS
 
Como cualquier persona que cree que puede llegar a la cima, solamente contando con sus propios esfuerzos, María no tardó mucho en tropezar.
Como ya hemos dicho, ella hizo el firmísimo propósito de no ir ya más desde aquel momento de su conversión a ninguna diversión profana; no dudaba en absoluto. Estaba ya decidido; y plenamente convencida de que por el mero hecho de haberlo propuesto su voluntad tan firmemente, ya lo cumpliría sin más. Era imposible dejar de hacer lo que había determinado tan en serio y con todas sus fuerzas.
Pero no resultó así de hecho. Habiendo un día una fiesta de sociedad, María, fiel a su firme propósito decidió no asistir, confiando en ella misma. Su abuela preparándola para la fiesta, le enseñó una preciosa tela de lama de plata para hacerle unos zapatos; el ver la tela y caer fue todo uno. Y así, sin más fue a la fiesta. Pero ¿cómo! ¿Dónde estaba su firme propósito? ¿Bastó una simple tela por preciosa que fuese para hacerla desistir?
Este fue un suceso que marcó para siempre su vida. Le concedió desde este momento una humildad de corazón tan profunda y tan sincera que la hizo comprender la verdad de las palabras de Jesús: “sin Mi, no podéis hacer nada”. Y empezó en adelante y desde este momento a no dar ni un solo paso ni a hacer un solo propósito en toda su vida sin contar de una manera plena y eficaz con el Corazón de Jesús, sin abandonarse antes con plena confianza en ese Corazón divino y en su Misericordia; dándose cuenta de que por ella misma no podía hacer nada, sino sólo tropezar. Prueba de ello es que desde entonces a la hora de hacer cualquier propósito añadiría humildemente estas palabras: “ pero sé Tú, Corazón de Jesús, quien me lo haga cumplir” porque sabía muy cierto que sin su ayuda caería sin más. Lo había comprendido para siempre. Ahora sí ya podía escalar la montaña de la santidad sin peligro de soberbia. Nos recuerda las palabras de la Santa Madre: Teresa es un “maravedí” pero Jesús y Teresa lo son todo y lo pueden todo.
Su padre que acostumbraba a decirle a María el conocido refrán: “ tienes salida de caballo y llegada de asno” por su poca perseverancia, ya no podrá menos que decir que, con el Corazón de Jesús ahora tendrá salida de caballo al trote y llegada al galope.
 
POCO TIEMPO ANTES DE ENTRAR EN EL CARMELO
 
Un día Mercedes oyó a un hombre que iba por la calle decir una mala palabra, ésta la repitió y María, que era tan recta la quiso corregir. Entonces se organizó una carrera. La pequeña por miedo a la reprimenda de su hermana mayor echó a todo correr, María enseguida se puso a correr detrás de ella. El pequeño diablillo se fue a refugiar debajo de la mesa del comedor y María cuando la encontró le puso sal en la boca para que no volviera a decir más palabras feas.
Cuando le manifestó a su padre que deseaba ser carmelita, él la mandó que fuera a hablar con el P. Martín de Jesús María C.D. que fue el fundador y prior durante muchos años del convento de Palma, para que la examinara y ver si tenía realmente vocación. Después de hablar con ella, el P. Martín no pudo menos que decir a su padre que “no sólo la vocación de su hija era auténtica, sino que también –a la sorpresa de su padre- muy pronto la harían priora”. Más tarde añadiría el mismo P. Martín al ver que sus palabras se hicieron realidad: “esto no era ninguna profecía, pues era algo que saltaba a la vista, al ser una jovencita con tan buenas disposiciones y que se la veía que prometía mucho”.
         “No conocemos exactamente los cambios que interiormente se estaban produciendo en su alma, aunque sí sabemos algunos exteriores que hubo en ella, como se ha visto antes; lo que sí es notable es que la mirada de María en las fotos que tenemos después de su conversión, irradian una paz y una pureza angelical que nos hablan de lo que llevaba ya entonces en su alma.
En la tradicional foto que se hacía la aspirante en el estudio de un profesional antes de entrar en el Carmelo, quien más quien menos tiene sus descuidos: Sta. Teresa de los Andes se puso la toca del revés. María ha tenido un descuido también: no ha pensado en quitarse los anillos.
Nunca faltan personas que se dedican a desanimar a los que se deciden a darse del todo a Dios. Un sacerdote al enterarse que quería entrar en el Carmelo le advirtió: “mira, que a una señorita como tú la comunidad se la comerá a picotazos”, a “alfilerazos” es decir, te harán la vida imposible. A ella nada la arredró. Más tarde, casi al final de su vida, cuando nos contaba esta anécdota, nos diría llena de humildad y de caridad hacia la comunidad: “ a mí nunca nadie me ha picado”.




 
Recién profesa junto al Niño de Praga


ENTRADA EN EL CARMELO
 
El 24 de octubre de 1928, día del Arcángel S. Rafael entraba en este Carmelo de Palma de Mallorca. Tenía entonces 23 años. Escogió este día para que el Santo Arcángel la guiase en el camino. Siempre le profesaría particular devoción.
Su padre no tuvo el suficiente valor de acompañar a su primogénita hasta las puertas del monasterio, y aunque era tan buen cristiano y valiente militar, sin embargo sus fuerzas no le llegaron a tanto. La acompañó su madre y algunas de sus hermanas. No obstante María recordará toda la vida, como un constante acicate las palabras que le dijo su padre: “si no eres santa, no había para qué dejarnos...” ¡Cuánto le costó a D. Jaime esta separación! Sí, el noble caballero sólo a este precio podía “soltar” a aquel encanto de hija; ¡Se había hecho sobre ella tantas ilusiones! María nunca podrá olvidar las dichas palabras. Estas la responsabilizaron para siempre.
 Amaba mucho a su familia y rezaba por ella, pero procuraba nunca sacarla a relucir ni darse la menor importancia en nada. Muchos años más tarde le dirá a una parienta suya religiosa, cuando quería recordarle sus “grandezas” del siglo: ”no hablemos nunca de la familia. Pensemos que el Señor lo dejó todo y era el Rey de reyes. Cuanto más despojadas estemos de nosotras mismas, El más nos llenará de su amor”. Así con este espíritu y desprendimiento procuró vivir su vida de carmelita descalza desde el primer instante de su ingreso.
Como a todas las postulantes, un día la maestra la mandó ir a descansar mientras la comunidad seguía en el coro. A María no le gustó nada esta disposición, pues desde el principio se tomó toda la vida de observancia muy en serio, y no quería escatimar ningún sacrificio al Corazón de Jesús. Le rogó a la maestra le permitiese asistir, pero en vista de que no se lo concedía se preguntó a sí misma: “al cuerpo ¿qué es lo que más le conviene: quedarse en el coro o ir a dormir? Ir a dormir. Y al alma ¿qué es lo que más le conviene: obedecer o hacer su propia voluntad? Obedecer”; entonces se fue contenta a dormir para hacer la voluntad de Dios.   Y ya no discurrió más.
 
 NOVICIA. Su nombre en Religión.
 
El 25 de abril de 1929 en que cumplía sus 24 años se revistió a María con el santo hábito de la Virgen, tan deseado por ella. El nombre que quería tomar como carmelita descalza era el de: MARIA TERESA DEL CORAZÓN DE JESUS. El por sí mismo significaba todo cuanto llevaba dentro y quería encarnar en su nueva vida. María: su tierna Madre a quien tanto había amado siempre y cuyo nombre llevaba ya desde el Bautismo. Teresa: que le enseñaba el carisma de su Reforma y el camino de perfección ¡qué bien viviría el espíritu de Ntra. Sta. Madre en todos los detalles de la vida religiosa! del Corazón de Jesús : Ya no vivía sino solamente por su amor, para su gloria, para darle gusto, darle almas...todo era poco para El.
Aunque era este el deseo de María, no fue sin embargo el nombre que le impusieron sino el de MARIA DE LA CONCEPCION DE SAN JAIME Y SANTA TERESA. Conservándole completo el nombre del Bautismo que a la vez era el de su madre. S. Jaime se lo impusieron en atención a su padre.
La Madre Maestra les enseñaba cómo siempre y en todo lugar tenían que procurar no hacer nunca su propia voluntad. “Siempre tienen que hacer lo contrario de lo que quieran hacer”. La novicia no decía nada, pero entre sí pensaba: “yo siempre haré lo que yo quiero. Porque no quiero hacer nunca nada más que la voluntad de Dios. Entonces haré siempre lo que yo quiera”.
Desde el primer momento que entró pudo ya haber profesado, tal era su visión clara de lo que es la vida religiosa. Como a Sta. Teresita nada le pilló de sorpresa. No se extrañaba de nada. Se impuso a sí misma esta consigna: “Tengo que obrar de tal manera, que todas puedan hacer lo que yo haga”. ¡Qué admirablemente la cumplió durante los 70 años de su vida religiosa!. Era verdaderamente un espejo de observancia donde podíamos mirarnos.
No se cansa de agradecer a Dios su vocación de carmelita descalza. En una carta a una tía suya le escribe: ”creo que si mil veces tuviera que escoger, mil veces escogería lo mismo”.
Estando en el noviciado recibió una gracia mística muy señalada que nunca pudimos averiguar del todo exactamente en qué consistía. Lo más que le sonsacamos fue que se trataba de algo interior muy intenso, algo así como el fuego de amor que recibió Sta. Teresita. Ella le manifestó entonces al Señor que quería vivir de pura fe, y le pidió muy encarecidamente que todos los goces se los diese de por junto en el cielo, no en la tierra.
Le encargaron que pintase un óleo de grandes proporciones 2 x 1,50 m. aprox. de Sta. Teresa Margarita para poner en la iglesia. La comunidad quiso que su padre lo apadrinase. D. Jaime quería asegurarse del valor artístico de la pintura de su hija pues no estaba muy dispuesto a hacer el ridículo. Y pidió el parecer de su antiguo profesor de pintura D. Vicente Furió, quien después de verlo le aseguró al noble caballero que estaba muy bien. Sólo entonces, muy orgulloso, lo apadrinó.
D. Jaime escribió un billetito a su hija, que conservó toda su vida en el libro de la Regla y Constituciones que decía así: “Querida hija: He leído la vida de la nueva Beata carmelita que tú has de pintar, me ha gustado mucho; al pintarla, fíjate que era de pelo rojo como tú y procura, ya que os parecéis en el pelo, pareceros también en la santidad y observancia de la Regla. Te abraza tu padre que desearía poder pagar tu retrato”
Sí, se parecían en el físico y se parecerían también en la observancia de la Regla y Constituciones. La joven Hna. María Concepción sería para todas una columna de observancia y fidelidad a nuestras Santas Leyes.
 

Alpargatas de la Madre Concepción 
 

PROFESION 
El 26 de Abril de 1930 día siguiente de su 25º cumpleaños y aniversario de su Bautismo, emitió los Votos temporales por un trienio, y a los tres años en la misma fecha, sus VOTOS SOLEMNES: sin mitigación, hasta la muerte. Queremos expresamente señalar estas palabras, porque toda la vida las repetiría una y otra vez cuando queríamos darle algún alivio. “Yo cuando profesé lo hice, sin mitigación, hasta la muerte”, nos repetiría invariablemente
Como hemos dicho, desde el día que pisó este Monasterio lo hizo con “determinada determinación”; y con el tiempo se iba “determinando más y más” hasta llegar a ser una figura eminente de virtud y santidad; una carmelita a carta cabal, de rara mortificación, observancia, y heroísmo.
 
OBEDIENCIA: mirada de fe.
 
Uno de sus primeros oficios fue el de ayudante de la sacristía. La primera sacristana era una Hna. “de armas tomar”, muy trabajadora y emprendedora. Se le ocurrió a la buena Hna. en tiempo libre de Ejercicios y días de retiro la idea de confeccionar flores y ramos de papel para adornar altares, y le mandó que lo hiciese. A Hna. Concepción no le parecía que el tiempo -que podía dedicar a meditar las pláticas, fuese precisamente el más oportuno para aquella labor que- tampoco veía necesaria- e interiormente le costaba obedecerla; pero haciendo de la necesidad virtud, como dice Ntra. Sta. Madre y con limpia mirada de fe, se aplicó y dedicó con todo el amor que le fue posible a confeccionar aquellas flores en los tales ratos libres, pensando que era en aquel momento lo que Dios quería de ella. Tanto le premió el Señor aquel esfuerzo que hizo por complacerle y cumplir su voluntad, que no tan sólo no le costó nada, sino que por el contrario le concedió sentir en aquella obra un gran gusto interior. Esto nos lo contaría luego para ayudarnos a vivir constantemente con mirada de fe, viendo la voluntad de Dios en todo lo que nos mandan, aunque a veces sea incluso desacertado.
Nos contaba cómo ella procuraba obedecer a cualquier Hna. aunque fuese joven y no tuviese ninguna autoridad sobre ella. Por ejemplo una hermanita sin ningún encargo de nadie le dijo un día que en tal habitación no se podía entrar si no era enfaldada. Bien veía la M. Concepción el por qué antes era así, pero entonces, cuando se lo vino a decir la Hna. ya no tenía razón de ser por unas circunstancias que habían cambiado, por lo que ninguna Hna. se enfaldaba para entrar. Sin embargo como aquello no suponía más que propio vencimiento y humildad de su parte, siempre se acordó de la advertencia de aquella Hna. y obedeció aquella orden toda su vida, y aún después de muerta la tal Hna. Hasta que cuando tenía unos 87 años la Priora lo vino a saber y le quitó aquella “orden”. ¡A tanto llegaba su rendición de juicio y humildad! También le dijeron que tenía que enfaldarse cuando entraba en la huerta. Nadie lo hacía, pero ella obedeció aquella indicación hasta el fin de su vida.
Por otra parte ella nunca se metía con las demás, pues había leído cómo no se debía entremeter una Hna. en los oficios de las otras, aunque fuese cosa tan poca como en cerrar una ventana. Tenía muy en su mente las “cautelas” y los “avisos a un religioso” de Ntro. Santo Padre, de quien fue hija tan preclara, y las vivió enteramente. Y el aviso de Ntra. Sta. Madre: “Pasen por lo que vieren y practiquen la virtud contraria”.
Al bajar del noviciado le dieron una celda ya de profesa para que ocupase el resto de su vida. Detrás de la puerta había unas puntas para colgar algunas cosas. Apenas las vio le parecieron muy pocas y creía que no le serían suficientes por lo que quería pedir licencia para hincar algunas más. Pero su mirada de fe y profunda mortificación le ayudaron a no pedir lo que creía necesario y pasar sólo con aquello. Al fin de su vida nos contaría este detalle y añadiría: “y me bastaron y no necesité más y siempre me fueron muy bien”. Cuando nos parecía que no podíamos hacer algo, nos solía contestar: “lo pruebe”. Seguramente se acordaría de este suceso.
 
CONSAGRACION AL CORAZON DE JESUS. La norma de vida más perfecta.
 
Después de elevar su fiesta a rito de primera clase, S.S. León XIII consagró el mundo al Sagrado Corazón de Jesús. Como preparación escribió la encíclica: “Annum sacrum”, en la cual dice: “Esa segurísima forma de vivir la religión”. Y también: “Es oportuno y justo consagrarse a su Corazón, porque en El se encierra el símbolo y la expresión de la infinita caridad de Cristo”. Así, pues, impulsamos y exhortamos a esta devoción”. “Dicha consagración trae a los pueblos la esperanza de tiempos mejores”. “En el Corazón de Cristo se han de poner todas las esperanzas, a El se ha de rogar y de El hemos de esperar la salvación”.
Dios le concedió a la M. Concepción vivir casi el siglo entero de esta Consagración. Murió el mismo año en que se cumplía el Centenario. (1999).
Pío XI (1928) en su encíclica “Miserentíssimus Redemptor” escribe: “En esta devoción ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la norma de vida más perfecta, pues es la que mejor conduce a las almas a conocer íntimamente a Cristo e impulsa los corazones a amarle con más vehemencia y a imitarle con más exactitud?”
Ella personalmente se le consagró con todas sus cosas el 8-9-1939 (a los 34 años) y tan de veras lo hizo, que ya su vida no tendría sentido de otra forma. Entresacamos de su consagración, que vivió heroicamente con toda sencillez, y creciente alegría y generosidad hasta el último aliento de su vida, los siguientes párrafos:
“Madre mía Inmaculada, quiero ser toda del Corazón de Jesús, pero siendo tú mi madre no quiero dar un solo paso sin Ti... Corazón de Jesús... quiero ser tuya por completo y para siempre.
Acepto gustosa este pacto que deseas tan dulce y tan honroso de cuidar Tú de mí, y yo de Tí... Aunque me mates en Ti esperaré y de Tí me fiaré... Quiero Dios mío, olvidarme por completo de mí misma y de todo interés propio y fiarme en absoluto de Tí, descansando con paz segura y tranquila en tu dulce providencia...
” Propongo hacer todo cuanto pueda para no tener más ideal en la tierra ni en el cielo que tus intereses santos.
 “Trabajar porque reines en todos los corazones... Oración, lo más constante que pueda pidiendo tu reinado en todas partes y a todas horas... y en todas las ocupaciones diarias.
“ Sacrificio pasivo... porque reines... Sacrificio activo con penitencias externas y vencimientos internos... la mortificación continua...
“actos de virtud, cumpliendo con esmero los deberes de cada instante, dando muy buen ejemplo pero sin llamar la atención en nada...
“Quiero hacer lo posible con sufrimientos, plegarias y sacrificios, vida santa, apostolado para reparar tu honor y gloria divinas y restituirles según mi pequeñez y miseria el lustre y esplendor que tienes tan merecido...
“Todo lo espero de ti y de mí ya no espero nada y me alegro que así sea, a fin de que eternamente conste que toda la gloria es tuya y a mí no se debe cosa alguna”.
Esta Consagración, que renovaba continuamente, marcaría ya toda su vida. Las palabras que acaba de escribir son ahora su propia autobiografía. Somos testigos de ello. Todo cuanto entonces prometió se lo hemos visto practicar día tras día, momento a momento sin el menor cansancio, sino con un propio convencimiento, alegría y generosidad, que siempre iban en aumento. Ella nos solía repetir: “El amor no se cansa, y si se cansa, no es amor”. Jamás se cansó la M. Concepción de amar al Corazón de Jesús, y con El y en El amaba a todos los hombres.
 
HUMILDAD DE CORAZON. TOTAL OLVIDO Y MENOSPRECIO DE SI.
 
Una de sus mayores características fue este total olvido de sí, “total menosprecio de sí misma”: de su persona, de sus cosas. No pensaba para nada en ella misma sino en los demás, por puro amor a Jesús.
Cuando entró en el Carmelo se entregó de verdad, sin reservas de ninguna clase.  Moraba de continuo en el Corazón de Jesús. Aprendió en su escuela a no quejarse nunca, de nada ni de nadie, de cualquier tratamiento que recibiese, fuese de parte de Dios o de los hombres; de las criaturas: racionales o irracionales. Sabía que era nada, y que a la nada, nada le es debido y no se queja nunca. No hablaba nunca de su familia, de sus cosas, de nada que pudiese ensalzarla. Le gustaba repetir en su interior y solía cantarlo en las saetas de la noche estas palabras del Kempis: “que no tiene el hombre ningún bien de qué alabarse”. De esto llegó a estar plenamente convencida con la humildad que proviene de los Dones del Espíritu Santo.
 
 Aprendió en esta escuela del Divino Corazón- según le enseñaba a su confidente Benigna Consolata- a no reclamar nada para sí, a no hacer valer sus derechos, a no excusarse nunca. Aprendió LA HUMILDAD DE CORAZON. Y por puro amor a El se empeñó de todo corazón a la más fiel observancia de la Regla y Constituciones, Derecho de la Carmelita, Instrucción de novicias, Ceremonial.
 
Se empeñó como Sta. Teresa en guardar los votos con toda la perfección que era de su parte e imbuirse del espíritu de los SS. Reformadores. Una novicia dice a su muerte: “Si yo no hubiese leído los textos de NN.SS.PP. y nuestras Leyes, los habría conocido con detalle por lo que he visto practicar a la M. Concepción tan solo en este último año de su vida, que es cuando yo la he venido a conocer”. Efectivamente era del todo ejemplar. Una columna de observancia como no se puede pensar. Su interés y participación en todos los actos de comunidad no podía ser mayor. Era un dechado de observancia y de toda virtud. Y todo esto sin tiranteces, sin echar a nadie en cara otras maneras de proceder no tan perfectas; todo envuelto en la mayor naturalidad, bondad, comprensión, sencillez y ocultamiento. Se cumplía en ella las palabras de Ntro. Sto. Padre: “Obrar y callar”.
 
Cuando en un trabajo pesado, en el que llegaba siempre la primera, alguna no era tan diligente para acudir, y otra le confidenciaba lo mucho que le costaba el que no todas se aplicasen como corresponde. Ella le contestaba: “Yo trabajo con mis manos”. Es decir,tanto si las otras cumplen como si no, yo procuro cumplir, trabajar lo máximo que puedo y no mirar lo que hacen las demás, y así va adelantando el trabajo y no se pierde nunca la paz ni se falta a la caridad.
Tenía una memoria prodigiosa. Todo cuanto leía se le quedaba muy grabado. Era una verdadera biblioteca y “archivo ambulante”; por lo que cualquier cosa que necesitásemos saber al momento, referente a las crónicas de la Orden, a nuestros SS. PP., antepasados, costumbres de la comunidad, derecho canónico, derecho de la carmelita, y más tarde Catecismo de la Iglesia Católica, Concilio Vaticano II, etc. etc. o la historia de cualquier santo que sorteamos cada mes, o incluso otros asuntos... es igual, todo sabía al “dedillo” todo conocía muy bien; no teníamos más que preguntárselo, pues como su memoria era tan privilegiada de todo se acordaba al instante.
 
Era verdaderamente una delicia estar con ella; pues entre que era tan virtuosa, sobria, carmelita descalza de cuerpo entero, tan equilibrada, juiciosa y de tanta clarividencia; entre que había leído tanto, lo sobrenatural que era en todo, y el que Dios la había dotado también de “muy lindo entendimiento” todo se juntaba en ella haciendo de su persona un verdadero ”oráculo” dando solidez, firmeza y seguridad a su alrededor. A este respecto nos escriben varios conventos recordándola en Avila cuando vino el Papa: “las novicias siempre que podían la abordaban para preguntarle cosas, y ella tan pequeñita de estatura era grande en el conocimiento de las cosas de Dios”.
 Leyó unas 3 veces la Sda. Escritura toda entera. Se sabía muy de memoria el Catecismo. Cuando no podía tener tan a mano las obras de NN.SS.PP. copiaba textos enteros de sus obras, o de otros santos, documentos del Papa (el célebre radiomensaje de Pío XII a las monjas de clausura)... y no paraba hasta hacerlos vida de su vida. Puede decirse que todo cuanto le hemos encontrado de su puño y letra (lo más de ellos son textos copiados), de tal manera lo supo vivir, que constituye ahora su propia autobiografía.
Procuró toda virtud, y siguió con admirable perfección la doctrina de NN.SS. Doctores. Se inclinaba “no a lo más sino a lo menos”. Era un alma del todo “escondida con Cristo en Dios”. Huía todo cuanto podía del locutorio; procuraba que hablasen los demás. Buscaba para sí siempre el pasar desapercibida, el anonimato; lo más despreciable, incómodo, el mayor trabajo, lo más humilde. Por eso cuando era joven sentía gran envidia a las monjas mayores, porque en los trabajos más esforzados no les daban alivio y a las jóvenes sí. Y se decía entre sí: “yo quiero ser mayor para poder hacer como ellas, que trabajan mucho sin ningún alivio”. Y si coincidía que de noche no se encontraba bien, se alegraba mucho en su interior de que hubiese pasado el mal rato de noche y no de día, y así de día nadie notaría nada y podría observar y trabajar con todas y como todas.
 
MORTIFICACION
 
Su mortificación era del todo continua y extrema. Decía que según el Concilio la penitencia tenía que ser “generosa”; y así cuando le venía alguna, en seguida daba gracias a Dios por ella, se la ofrecía, y no tan sólo no la rehuía sino que deseaba en su interior poder mortificarse más pensando en estas palabras del Concilio: “generosa” penitencia. Por su cuenta procuraba mortificarse siempre y en todo. Desde que fue Priora tenía más libertad para más mortificarse. Así se acostumbró a no desayunar nunca, y pasó muchos años sin hacerlo, hasta que por unas medicinas que le recetaron después de los 80 años, tuvo que tomar desayuno. Decía que “el desayunar hace perder mucho tiempo”. Y años estuvo los viernes ayunando a pan y agua. 
Se ingeniaba por quedarse siempre con lo peor, con lo que nadie quería, con lo que no servía para nada. Procuraba mortificarse siempre y en todas las cosas: en el vestido, en las posturas –no apoyando nunca la espalda- no estirando las piernas ni cruzando los pies ni aún estando sola en su celda. Su modestia era del todo singular. Huía lo más que podía de cualquier comodidad. Tenía todo desprecio de sí misma. Se mortificaba en darse cualquier gusto a los sentidos; por ejemplo: no queriendo oler cosa de perfume, no queriendo nada suave. Se mortificaba en las cosas de su uso. Todo era pobre, sencillo, tosco, remendado. Era en verdad muy mortificada en todo, pero sin llamar nada la atención, siempre con una naturalidad sorprendente.
En las comidas nunca dejaba ni una sola cucharada del primer o segundo plato para comerse algún que otro postre que ponían de vez en cuando en el refectorio. Se acostumbró a tomar bicarbonato después de las comidas. Al ver las cocineras que se lo comía todo le ponían más y más sopa y siempre se la acababa toda, por lo que ya tenía que quitar algo del segundo y por supuesto quedaba descartado el poder llegar al postre. A este respecto nos hizo mucha gracia el que un día, ya al fin de su vida (a los casi 94 años) una Hna. llena de caridad le dijo: Madrecita Concepción, no coma tanta sopa, porque la sopa no alimenta; tiene que comer menos sopa y más del segundo plato. Ella se limitó a contestar con una sencillez y encanto que nos traspasó: “pues a mí me ha alimentado 70 años”.
Como S, Pedro de Alcántara que para engañar su cuerpo en tiempos de grandes fríos, abría primero la ventana para con después cerrarla hallar el cuerpo más sosiego, así hacía ella. Cuando su cuerpo estaba con particular inapetencia, sólo entonces era cuando se aderezaba los alimentos; y aquel nuevo sabor ya le suponía alivio y regalo; y así ya no necesitaba de ningún otro. Procuraba mucho la mortificación en todos los sentidos. Nos decía: “Yo la verdad, cuando me viene alguna mortificación, algo que me cuesta, procuro querer más de aquello y, enseguida, no se como es, pero desaparece la mortificación, ya no me cuesta nada. Me va muy bien.” Esto nos lo enseñaba como “un truco suyo”. Esta es la explicación de lo que no se puede entender a primera vista. A pesar de sus dolores grandes ¿cómo podía decir con verdad estas expresiones suyas tan usadas: ”Me va muy bien”. “No lo necesito”. “Esto lo puedo hacer”. “No me cuesta nada”. “No me duele nada” etc. etc.? Y nos lo afirmaba con tanta naturalidad que llegamos a creer en verdad que así era
Tenía total olvido de sí misma. Por ejemplo nunca fue al oculista, sino que iba a una caja donde había gafas antiguas, y usaba las que le parecía le iban mejor. Y más adelante, empleaba las de una de sus hermanas carnales. Decía: “me va muy bien: cuando mi hermana ya tiene que cambiarse las gafas, las que ella deja son las que yo necesito. Ella tiene un número más que yo.” Y así fue pasando toda la vida hasta lo que contaremos al final de estas páginas. Mientras tanto, cuando las HH. pedían encender la luz en la recreación, porque ya no veían, ella, no sé cómo se las arreglaba, pero siempre decía que veía; seguía con su trabajo, aunque apenas había ya luz. ¡Qué buenas gafas debían ser estas de su hermana!.
Todo lo suyo era de este talle. Cuando le preguntábamos, siempre decía que no necesitaba nada, que estaba muy bien. Si le decíamos: esto no le sirve. etc. nos contestaba: “me va muy bien”. Daba lo mejor a las otras con tanta naturalidad, que como S. Pedro de Alcántara que le dijo a Ntra. Sta. Madre de qué se extrañaba, que muy posible era, pues así nos decía la M. Concepción. Todo era tan natural y connatural en ella... ! Todas las mortificaciones hacía como si no hiciese nada. Todo brotaba en ella de su profundo amor a Cristo. Se enamoró fuertemente de El y con el tiempo se iba enamorando más. Escribiría en unos Ejercicios: “He procurado enamorarme intensamente de Cristo”. Este es el secreto de su vida heroica: el puro amor. Nos repetiría muchas veces: “el amor es darse, sacrificarse, olvidarse por aquel a quien se ama”. Por esto todo se le hacía dulce, fácil, suave. Aprendió de Ntro. Sto. Padre y nos repetiría incansable su frase: “Cuando el alma se determina de veras,y subrayaba esta palabra: “de veras” a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios, en todas ellas hallará grande alivio y suavidad para recorrer este camino, así desnudo de todo, sin querer nada”. Sí, ella se determinó de veras, desde el principio a querer hallar y llevar este trabajo en todas las cosas por puro amor al Corazón de Jesús, y por eso en todas ellas halló siempre, de verdad, y de corazón, grande alivio y suavidad. Y así nos lo decía. Y así era. Su felicidad fue grande ya desde el primer momento, porque desde el primer instante se “determinó de veras”. Nos repetía: “sin cruz no quiero vivir, pues se lo mucho que importa, en la vida larga o corta, o padecer o morir”.
Fue un alma muy verdadera. Las palabras de Ntra. Sta. Madre: “La humildad es andar en verdad” las vemos encarnadas en esta alma toda de Dios. Algunas personas nos han dicho que la virtud que más destacaba en ella era su rectitud y verdad. Realmente estaba tan desasida de todo y de ella misma, que no miraba para nada el qué dirán, ni si tendrían mejor o peor concepto de ella, ni hacía nunca nada por quedar bien, ni evitaba decir lo necesario por miedo a quedar mal, ni usaba intermediarios para que no le perdiesen el buen concepto. No. Nada de esto. La guiaba solamente la rectitud y la verdad. Vivía solamente de cara a Dios. Y refiriéndose a las personas que acudían a ella para pedirle consejo, pudo decir al final de su vida: “Yo siempre les he dicho la verdad”.Más adelante nos enseñaría: “Nos tiene que alegrar el que tengan mal concepto de nosotras”. Y también:”Si piensan mal de nosotras, mejor”. Tales eran sus consignas y su vida. Todas las virtudes arraigaban, germinaban y florecían en esta alma tan cimentada en la humildad de corazón.
Se la veía ya desde joven, con una presencia y unión con Dios muy grande. Habitualmente, cuando iba de un lugar para otro de la casa, iba recogida y movía las cuentas del rosario, que rezaba todos los días entero, aunque fuese sola, y algún misterio rezaba en brazos en cruz, que solía ofrecer por España. Repetía continuamente su jaculatoria de abandono y confianza: “Corazón de Jesús, en Vos confío”.
La pusieron de enfermera y se alarmó un tanto pensando: ”yo nunca he estado enferma y no sabré comprender a las Hermanas.” Y sufría por ello. Pero afortunadamente no fue así, sino todo lo contrario. A cada achaque de las enfermas ella se decía : “Yo no tengo experiencia de este dolor pero debe ser muy grande”; y por lo mismo procuraba esmerarse lo más que podía para aliviar a las enfermas, más que si hubiese tenido experiencia del tal dolor. Decía a una de ellas: “¡qué envidia le tengo! ¡cómo me gustaría tener yo este dolor para poder ofrecérselo a Jesús! Veía a Jesús en las enfermas. Cuidó a una ancianita y pensaba: ”La cuidaré como si fuese mi propia madre, ya que a ella no la podré asistir”.
Quería ayudar al máximo, y como que no sabía poner inyecciones se dedicó a ensayar en su propio cuerpo la aguja para hacer prácticas y se la hincaba a sí misma. No quería hacer daño a las demás y ¡prefería antes hacérselo a ella!
 
PRIORA DURANTE 21 AÑOS. Voluntad de Dios. Divina Providencia.
 
El Derecho Canónico de entonces no permitía el cargo de Superior Mayor hasta los 40 años cumplidos. En 1946 hubo elecciones. La Hna. Concepción estaba a punto de cumplir 41. La elección del Priorato cayó sobre ella. Cuando se le preguntó si aceptaba dijo por toda respuesta: “Si es la Voluntad de Dios”. Estas serían siempre invariablemente sus palabras cuando en otras seis elecciones el cargo volviese a recaer sobre ella. Lo fue durante 21 años no consecutivos. La que más tiempo, desde la fundación de este Monasterio en 1617. Ni la turbaba, ni la inmutaba el priorato, ni dejaba de estar contenta y en paz cuando no era priora. ¡LA VOLUNTAD DE DIOS! He ahí su paz. Para ella vivía y para ella sola se movía. Esta Divina Voluntad era el secreto de su ecuanimidad, de su inmutable paz en todas las circunstancias. La Madre Concepción y la Voluntad de Dios irán siempre ligadas. Cuando le íbamos con algún que otro sufrimiento, o pregunta o cualquier tema, nos orientaba en todo momento hacia la Voluntad de Dios como Norte y Brújula. “Voluntas Dei, pax nostra”. Vivía perfectamente asentada y anclada en esta Divina Voluntad. Nada era capaz de arrebatar la paz y serenidad de su alma. Ni vida ni muerte, ni salud ni enfermedad, ni priora ni no serlo, una oficina u otra, una priora u otra, cualquier acontecimiento y circunstancia de dentro o fuera del convento... nada la arredraba, nada la turbaba, nada la inmutaba. “Nada me quita el sueño” decía, porque descansaba completamente y de hecho en los brazos de la amorosa Providencia y en la Divina Voluntad.
Vamos a contar una anécdota en la que nos hace ver hasta qué punto confiaba en la Divina Providencia, y como Esta velaba por sus intereses.
Una joven novicia tenía que estudiar música. Se ofrecía la profesora gratis a enseñarla, pero exigía para ello un piano, no le iba bien el armónium. ¿De dónde sacar el piano?. Coincidió que la novicia tenía visita de la familia. Le pidió a la M. Concepción, Priora entonces, si podía pedirle a su madre el piano que tenían en casa. La Madre lo pensó un instante y le contestó: “No. Confíe en la Providencia”. La joven novicia no sabía qué cosa era esta, pero sí sabía lo que era la obediencia.
Así que vino su madre y le preguntó si quería algo, si podía servirla en algo. Por tres veces hubo de vencerse, diciendo que no quería nada. Pensaba en aquellas palabras: “No. Confíe en la Providencia”. No lo hizo por la Providencia, sino por pura obediencia a la Madre ¡Cuánto le costó!. La novicia pensaba entre sí: “pero ¡cómo vamos a confiar un piano a la Divina Providencia!, si fuese una cosa de poca monta se entiende, pero ¡un piano! ¿quién nos tiene que regalar un piano?.
La Divina Providencia no se hizo esperar. La misma semana desde Sevilla nos llegó un piano regalado, con los portes y afinamiento pagado. Desde este día la novicia supo qué cosa es la Providencia.
Y volviendo a la Voluntad de Dios una sola cosa, si se nos permite hablar así, parece deseaba la M. Concepción : EL MARTIRIO. Cuando le decíamos qué muerte querría, si esta o aquella, cómo le gustaría morir, en tal o cual circunstancia, no podíamos nunca sacarla de las mismas palabras: LO QUE DIOS QUIERA. La voluntad de Dios. Nosotras entonces le decíamos ¿Le gustaría morir mártir?. A esto ya no decía: Lo que Dios quiera, no podía resistir, se le iluminaba la cara y contestaba vivamente: “¡Siempre lo he deseado!” y añadía: “y todavía confío y espero morir mártir.” Nos lo decía siempre con tan renovado amor e ilusión y tan invariablemente hasta el fin de su vida, que pensamos que, al ser tan grande su deseo, se habrá cumplido en ella lo que sobre este martirio de deseo escribe Ntro. Sto. Padre y habrá recibido de hecho, como él dice, la corona de mártir.
Una Priora dijo de ella: “La Madre Concepción es muy buena priora, pero es también ¡excelente súbdita!”. En ella vimos cuán cierta es el refrán: “sólo es apto para el mando quien primeramente se ha destacado en la obediencia”. Así era ella: con una intensa mirada sobrenatural no veía más en el Superior que al mismo Dios: “Quien a vosotros oye, a Mï me oye, quien a vosotros desprecia, a Mí, me desprecia”. Me quedé asombrada de su mirada de fe un día que al entrar en su celda, ella ya muy ancianita y con ambas caderas rotas, inmediatamente se levantó. Yo le dije : “no, Madrecita, no se levante por mí”. A lo que sin pensarlo siquiera me respondió: “No, Madre, no me levanto por V.R. yo me levanto por Dios.” Efectivamente, su mirada de fe era constante. Al entrar en la recreación, cuando al fin de su vida se quedó casi ciega, lo primero que preguntaba era: “¿Está nuestra Madre? para besarle el Escapulario.
Una novicia nos cuenta lo mucho que la edificó el ver el enorme respeto que la M. Concepción tenía para con Ntro. Sr. Obispo. Le llamó poderosamente la atención el que después de una concelebración que presidió D. Teodoro se acercó a la reja del coro bajo, para saludar la comunidad. Todas las monjas inmediatamente nos acercamos a la reja. La M. Concepción, al saber que el Sr. Obispo se acercaba, a pesar de sus 93 años, tan bajita como por la edad se había quedado y, sin apenas ver, sin oir y sin tener estabilidad, se acercó igualmente. Quedó detrás del grupo por lo que no se podía enterar de nada cuanto se decía. A pesar de que tampoco el Sr. Obispo ni nadie la podía ver, ella se mantuvo de pie con mucha reverencia y empezó a pasar las cuentas del rosario, rezando en voz baja. La novicia le preguntó si se quería sentar- había una silla allí mismo- ella dijo que no. Al cabo de mucho tiempo (una media hora) le preguntó de nuevo si se quería ir. Con toda sencillez la M. Concepción preguntó si todavía estaba el Sr. Obispo, al enterarse de que hacía un buen rato que se había ido, y que entonces estaban otras personas, no dudó ni un instante en salir del coro bajo. Tenía 93 años.
Uno de sus propósitos era: “No haré nada sin vida interior”. Y también: ”Propongo que mi vida sea muy sincera. Propongo ser sinceramente caritativa”. Ya lo hemos dicho más arriba. La sinceridad y la rectitud eran características suyas. En sus Prioratos quizás fue donde esto más se pudo percibir.
Una de sus máximas que nos repetía y nos enseñaba con su ejemplo vivo era: “La igualdad de ánimo en la contradicción, eleva el alma a gran perfección”. ¡Cuán admirablemente vivía en constante igualdad de ánimo en cualquier acontecimiento que sucediese! Nada la arredraba, nada la atemorizaba, por nada se turbaba. Su paz era del todo punto inalterable. Tenía una fortaleza de ánimo nada común. Más que de mujer.  
Una de las virtudes que más la caracterizaba era la paz de Dios que la inundaba, y que irradiaba siempre a todos y en cualquier circunstancia. Se podía acudir en cualquier momento a ella y siempre se la encontraba con la misma paz de Dios, con la misma serenidad.
          Vivía perfectamente la definición que el Concilio Vaticano II da de la vida contemplativa y que ella nos aconsejaba tantas veces de palabra: “soledad y silencio, asidua oración y generosa penitencia”. Era un alma del todo escondida en Dios.
Cuando decimos: nos repetía tal y cual frase es lo mismo que decir: vivía tal y cual virtud; pues todo cuanto nos decía o enseñaba, lo vivía ella en plenitud;“enseñaba con autoridad” ya que nunca nos decía nada que no lo practicara antes con todas sus fuerzas. Era una persona muy consecuente y de grandes convicciones.
Cuando no era Priora se destacaba mucho en la obediencia y humildad. Y con ser las Prioras las que habían sido sus propias novicias, y aún la más joven de todas no le impedía nada para tener mirada sobrenatural. Pedía licencia para cualquier cosa, aún para la más insignificante. En la recreación a veces era la única que se levantaba cuando entraba la Priora, y siempre la primera que lo hacía. No daba su opinión si no era preguntada. Hablaba con gran reverencia y humildad.
 
CARIDAD
 
Amaba tan intensamente a Dios que como ya hemos dicho más arriba, toda su vida deseó ardientemente el martirio. Y todo cuanto hacía de mortificación y virtud y observancia era por “puro amor de Dios”. Se le iluminaba mucho la cara cuando le confidenciaba a una Hna.” ¿Sabe lo que supone, que por una mortificación de nada que podamos hacer aquí en la tierraconoceremos y amaremos y veremos más a Dios por toda la eternidad? Y no cabiendo de gozo le volvía a repetir, pero “¿Sabe lo que es esto?... y repetía admirada: “¡POR TODA LA ETERNIDAD...! ¡Por toda la eternidad veremos y conoceremos y amaremos más a Dios...! volvía a repetir.
Capítulo aparte merece la caridad de esta alma tan transformada en Jesús. Mientras con ella misma era tan austera, para con los demás era muy “humanitaria”; la misma comprensión en persona. Cuando pensábamos qué decir de su caridad, si tenía caridad o no o en qué grado, no nos ha venido a la mente otro texto sino la carta magna que sobre la caridad escribe S. Pablo en el cap. 13 a los Corintios. Basta sustituir la palabra “caridad” por “M. Concepción”, y el “es” por “fue” y tendremos su retrato espiritual:
“La M. Concepción fue longánime, fue benigna; no fue envidiosa, no fue jactanciosa, no se hinchó; no fue descortés, no buscó lo suyo, no se irritó, no pensó mal; no se alegró de la injusticia, se complació en la verdad; todo lo excusó, todo lo creyó, todo lo esperó, todo lo toleró. La M. Concepción jamás decayó.”
Lo que dice el Apóstol es ni más ni menos la descripción de cómo era la M. Concepción. No es que hiciese pocos o muchos actos de caridad, grandes o pequeños, sino que toda su persona, todo su corazón era caridad para con todos: para con los de cerca y para con los de lejos. Su caridad era tan verdadera porque brotaba de su humildad de corazón.
¡La comprensión para con las HH.! Las horas incontables que ha pasado escuchándolas una a una, día a día, años y más años, su heroica paciencia sobre toda ponderación, la caridad de esta incomparable Madre que lo fue para todas, ¿Quién será nunca capaz de describirla tal como es en realidad?
Se percibían en ella los “frutos del espíritu”: “amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, longanimidad, bondad, amabilidad, dominio de sí...” año tras año, momento a momento, hasta el mismo instante en que murió... Procuraba también fomentar mucho el amor, la caridad, y la unión entre todas las Hermanas. No quería en ningún momento y así nos lo decía, que fuésemos: “Pepito, el acusón”. Nos enseñaba con su ejemplo a ”soportarnos pacientemente con amor”. Nos decía que era caridad, una obra de misericordia el ”sufrir con paciencia los defectos y flaquezas del prójimo”. Así lo hacía ella con nosotras. No nos echaba nunca en cara nuestros propios defectos. Todo lo excusaba, todo lo comprendía, todo lo perdonaba, todo lo esperaba.
Fue madre de Madres. Consejera y paño de lágrimas de la comunidad. Todas las prioras daban siempre licencia a las monjas que la pedían para tratar sus asuntos con ella. Algunas la tenían como verdadero Director espiritual de sus almas. Era tanta su bondad, rectitud, entendimiento, clarividencia, su experiencia y su paciencia para con todas, que las Prioras descansaban en sus consejos. Sabían muy bien que no podrían acudir las monjas a remedio mejor para sus espíritus que estar un rato con ella.
Y esta alma de Dios que tanto deseaba y amaba la soledad y el silencio, era el “desaguadero” de la comunidad. Continuamente tenía que atender a una y otra y otra Hna... que iban en busca de sus consejos. Solía ocuparse mientras tanto en zurcir o confeccionar escapularios. Se le veía su espíritu siempre atento y recogido en Dios. Y tenía tanta sed de estarse a solas con Dios, sin criaturas de por medio que, al ver tan interrumpida su soledad una y otra vez, dijo bromeando: ”Cuando esté en el cielo, déjenme con toda paz estar a solas con Dios, no me vengan allí cada dos por tres: ”pum, pum” llamando a la puerta”. 
Cuando era Priora era sobre todo para atender a sus monjas a quienes daba la primacía en su atención. Las cosas más delicadas y no comunes hacía por sí, pero en lo demás procuraba despachar por medio de otras monjas las cosas más usuales de cada día a fin de quedar libre para la atención que necesitaban las HH. a fin de atenderlas en todo y en cualquier momento que la pudiesen necesitar. Huía en cuanto podía de la comunicación de fuera, y la tornera la libraba del locutorio mientras podía, según ella misma se lo suplicaba. El teléfono me lo solía dar, cuando yo era Supriora. Y así cumplía su propósito de estarse en la celda u oficina, que solía tener en la ropería, a fin de que las monjas la encontrasen siempre a su disposición.
Hablaba poco y escuchaba mucho. Preguntaba a las novicias si habían dormido bien. Se interesaba por todo lo de cada una: su familia, su persona, sus cosas, su vida espiritual, su salud, sus problemas... etc. Todo encontraba eco en su maternal corazón. Por todo rogaba y trataba de remediar lo que estaba en su mano. Era muy ingeniosa, y habilidosa para cualquier trabajo y nos remediaba todo cuanto precisábamos. Por ejemplo, si se nos había roto algún objeto, lo arreglaba ella misma; ponía lañas o lo que fuese menester. Nos echaba una mano en todo.

 
“PROCURE SER AMADA PARA SER OBEDECIDA”
 
Se había propuesto: “Propongo amar a mis Hermanas como Jesús nos amó; ser comprensiva... indulgente... buena como una madre”. Y así lo cumplía. Si se daba cuenta de que no podíamos por cualquier motivo, o no éramos tan diestras, ella misma nos zurcía el hábito, las alpargatas, la correa, nos arreglaba lo que fuese, y cuando le entregábamos alguna cosa que dábamos como inservible entonces la remendaba y aprovechaba ella. Tenía muy presente y nos repetía lo que dice la “Instrucción de Novicias”: “que alguna vez la maestra barra las celdas de las novicias...” y cosas de este estilo, para ganárselas. Y así nosotras aprendíamos con su propio ejemplo.
Con las enfermas era muy solícita. Se preocupaba que tomasen lo que el médico les había recetado Aún cuando no tuviesen más que cosa de poco momento. Ella misma aplicaba los remedios: traer una manzanilla, dar friegas, masajes, poner pomadas, gotas... Cualquier cosa. Todo lo que era humildad, caridad y servicio siempre le iba bien.
Acompañaba a las monjas al médico y a las diversas operaciones que se practicaron. Entrando, si podía en el quirófano, a fin de no dejarlas un solo instante solas ni de día ni de noche. Las velaba y dispensaba todos los cuidados por su propia mano, no dejando lo hiciesen las enfermeras. Cuando la estancia en la clínica era de varios días se llevaba los escapularios, y sentada en el suelo en la habitación de la enferma, mientras los familiares visitaban a la monja, ella cosía escapularios o tenía sus ratos de oración. El personal de servicio o los familiares se edificaban mucho de su espíritu sobrenatural, caridad y humildad.
En una difícil operación de cataratas en la que el Doctor se veía en unos apuros grandes, ella no paraba de repetir en voz baja su jaculatoria de todas horas: “Corazón de Jesús, en Vos confío. Corazón de Jesús, en Vos confío”. Y así, sin parar, todo el tiempo que duró la operación. Por fin cuando hubo acabado exclamó el médico: “Me ha ayudado el rezo del pajarito con su cantinela seguida: “Corazón de Jesús...”
“Procure ser amada para ser obedecida”. Este consejo de la Santa Madre, que la M. Concepción recordaba a las Prioras, lo practicó ella a más no poder. Todas la amábamos hasta el extremo y ella nos amaba entrañablemente, con todo su corazón, a todas y cada una. ¡Qué bien se estaba con esta Madre, nos sentíamos tan amadas por ella! Tan acogidas, tan comprendidas siempre! Se dio enteramente a todas y a cada una. A su lado se experimentaba como una sombra que cobija; la paz de Dios, el consuelo, el puro amor de madre en cuyo corazón cabíamos todas. Se hacía toda a todas; y como la Sta. Madre recomienda, hacía amable la virtud. Nunca se extrañaba de nada. No se escandalizaba de nada. Todo era comprensión y amor. Comprendía cualquier fallo y flaqueza. Excusaba a todos mientras podía, al menos la buena voluntad, y lo encomendaba a Dios; no permitía críticas de ninguna clase.
“No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados”. Estas palabras del Evangelio con el tiempo iban calando cada vez más en su alma y nos las decía muchas veces; y meditaba, rumiaba, y nos repetía constantemente: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como Yo os he amado”. La caridad iba tomando en ella unas perfecciones cada vez más profundas. La caridad más grande que ha tenido con nosotras ha sido el ejemplo de vida que nos ha dado. Todo en ella era pura caridad.
Varias comunidades nos han escrito que conocieron a la M. Concepción en Avila cuando la visita del Papa, “trasladando sillas como las más jóvenes. No hubo manera de que las dejase”. Este dato al parecer insignificante y sin importancia, y que llamó la atención a tantas monjas es precisamente lo que nos la llama también a nosotras.
Aquello no fue una casualidad. “Trasladar las sillas como las más jóvenes”. Es que todo lo suyo y toda su vida, los 70 años de carmelita descalza era así. Siempre, sin desfallecer, siempre y en todo momento. En aquella ocasión tenía 77 años, su cuerpo disminuido, andaba ya encorvada, se encontraba en casa ajena. Da igual, estaba tan habituada a practicar siempre y en todo momento la humildad, la mortificación, el sacrificio, la caridad, que todo trabajo duro lo tomaba para sí como cosa suya propia, como algo que le correspondía plenamente. Y si las novicias lo hacían ¿en qué se diferencia una novicia de ella que se siente como la última de todas, la última que ha llegado, aunque hubiese sido Priora 21 años y tuviese 77?. Por eso, por mucho que se lo insistieron no dejó aquel trabajo, porque era algo que “le correspondía”. Y tampoco, por mucho que le insistíamos, no dejaba nada que supusiese más esfuerzo y amor. Ya lo había prometido al Corazón de Jesús cuando se consagró a El.
Hasta los 80 años se sentó siempre en el suelo; con artrosis y sin ella, con dolor o sin él, pudiendo o sin poder. Se sentó en el suelo hasta que materialmente se quebró las dos caderas y así y todo decía: ”Yo todavía podría sentarme en el suelo y arrodillarme, si me ayudasen luego a levantar. En el suelo puedo estar, levantarme tendrían que ayudarme”. Pero los médicos se lo prohibieron. Aquí tuvo que resignarse y obedecer.
Merece la pena escribir aquí a manera de breve perfil biográfico las palabras que acerca de la Madre Concepción nos ha dicho a su muerte un sacerdote que la trató durante 38 años. ¡Y qué bien la supo captar! Dice así:
“Era una mujer parca en palabras, tenía frases y contestaciones breves, casi lacónicas, pero muy expresivas y significativas, en pocas palabras decía mucho. Siempre con ánimo igual. Esas contestaciones suyas te impresionaban y alguna vez te confundían, por inesperadas, después las llegabas a comprender. Estaba siempre contenta, siguiendo su vida.
“Mostraba una firmeza y tesón en el camino que había emprendido, tan notable que podía causar admiración. No hería a nadie. Creo que había tomado una determinación al ingresar en el Carmelo y la aguantaba, sin pregonar y sin darle importancia; sus obras pregonaban por ella, no hablaba de sí misma.          “Muy observante de todas las reglas y muy fiel al espíritu de la Santa Madre Iglesia. Amó a la Iglesia y al Concilio (1962-1965); amó también los cambios que la Iglesia quiere, pero no los cambios que provienen de novedades e improvisaciones. Estos cambios han trastornado muchas cabezas y creado fuertes crisis destruyendo personas.
“Era una persona con mucha vida por dentro, muy reservada, con mucha fidelidad y gran firmeza de voluntad. Al mismo tiempo acogedora, afable y llena de caridad con todos. Una sonrisa muy expresiva.
“Pienso que el Carmelo puede dar gracias a Dios por Religiosas como ella; ojalá la juventud de hoy, quisiera ser tan generosa y decidida, como ella en el camino de la vida interior y de la observancia de las reglas que ayudan a la vivencia de los tres votos”. Hasta aquí son palabras de este sacerdote.
 
SANTOS DE LA ORDEN
 
Amaba mucho la Orden y sabiendo cuánto estimula el recuerdo de los Santos antepasados quiso que en nuestra iglesia estuviesen representadas todas nuestras Santas. Siendo Priora pintó un gran cuadro 2 x 1,50 m para la beatificación de María de Jesús. El cuadro representa Ntra. Sta. Madre, entregando el libro de las Moradas a “su letradillo”.
Pintó también, además de Sta. Teresa Margarita, según ya dijimos al principio, Ntro. P. S. Elías; la Santa Madre, y nuestra Fundadora “Sor Eleonor Ortiz”; y procuró que otra Hna. la sucediese en esta tarea. Le hizo pintar la Beata Isabel de la Trinidad y luego en otro cuadro todas las demás Santas y Beatas que iban subiendo a los altares.
 
MAESTRA DE NOVICIAS
 
Fue muchos trienios Maestra de Novicias. Vivía y enseñaba con su vida la máxima de Ntro. Sto. Padre: “Olvido de lo creado, memoria del Creador; atención a lo interior y estarse amando al Amado”. Su enseñanza la impartía ante todo y sobre todo con su propio ejemplo. Era de pocas palabras. Enseñaba, aún antes del Concilio Vaticano II, lo que después diría el Perfectae caritatis: “Vacar solo a Dios en soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia”. Decía que el trabajo era penitencia. Ella era un perfecto ejemplo de trabajo. Nos enseñaba: "cada una procure trabajar, para que puedan comer las demás”. En el noviciado se guardaba completo retiro de celda, según nos manda la Regla. Era observantísima de la Regla y Constituciones. Enseñaba que una carmelita descalza que cumpliese muy bien las dos horas de oración, pero que después durante el día no tuviese una oración continua, no sería tal carmelita ni cumpliría con su vocación. Nos explicaba la Regla. Durante el noviciado nos leyó varios libros sobre nuestra Santa Regla.
Nos formaba según el espíritu de Ntra. Sta. Madre, cuanto nos prescribe en el camino de perfección y en todas sus obras, las constituciones, ceremonial y costumbres propias de este Monasterio. Nos enseñaba sobre todo con su conducta cuanto teníamos que hacer. El espíritu de la Orden, las cautelas y avisos de Ntro. Sto. Padre que nos quería meter de una vez por todas en nuestras cabezas. Se esforzaba y empeñaba mucho en ello, porque decía que eran remedio para cualquier contrariedad. No se imponía, sino que todo iba con firmeza y suavidad al mismo tiempo.
Traía el desayuno al noviciado. Mientras tanto, como que ella no desayunaba, aprovechaba para ir al coro para hacer sus devociones particulares en las que permanecía invariablemente de rodillas; nadie la veía. Era un alma de mucha vida interior, de grandísima fe y amor a la Eucaristía. Le hacía muchas visitas físicas y espirituales. Después de sus oraciones se retiraba a su celda, y no salía más que para los actos de comunidad y de noviciado. Guardaba perfecto silencio, y aún con las novicias si con señas se podía entender, no empleaba la palabra. Era un alma de intensísima oración y profunda vida interior. 
Como que la veíamos siempre la primera en el trabajo y en toda virtud y observancia, ya no necesitábamos mucho más para comprender nuestras obligaciones y el espíritu de Ntra. Sta. Madre. Nos enseñaba y repetía muchas veces: “qué tales debíamos ser para alcanzar esto de Dios”  (la salvación de las almas). Y nos repetía mucho: “Si viere va cayendo en algo la Orden, procure ser piedra tal con que se torne a levantar el edificio”. Casi nunca nos mandaba nada concreto, sino que sabíamos lo que teníamos que hacer a cada momento por su propio ejemplo. Ella siempre iba por delante.
Gustaba de que las novicias andasen siempre alegres: “Dios ama al que da con alegría”, repetía. Le gustaba que hiciésemos representaciones para animar las recreaciones de la comunidad. Se alegraba mucho en su interior de ver a las monjas felices. Se gozaba de su felicidad.
Iba con las novicias legas a la cocina y, como acostumbraba, tomaba para ella lo peor. Se dedicaba a pelar unas diminutas patatitas, que de tan pequeñas, vino a lastimarse las manos. Blanqueaba lo más alto y difícil de la cocina para ayudarlas ya que no tenía la novicia lega mucha salud para ello. La buena maestra la suplía en todo.
Y hablando de cocina, en su primer Priorato, vino a caer enferma una de las HH. legas, que eran quienes entonces se ocupaban de la misma. Ella con una ayudanta tomó para sí este trabajo, y siendo Priora, hizo la comida para la comunidad durante todo un mes seguido. Esta novicia que la ayudó dice: “una cosa que en ella me llamó mucho la atención es que parecía que siempre estaba con Dios. Por ejemplo, pelaba patatas, y bien se veía que no estaba con el trabajo, aunque las pelase, sino que se veía que estaba con Dios”.
No es extraño que al exterior las HH. se dieran cuenta, pues su propósito era: “hacer todas las cosas pensando en Dios amando a Dios y haciéndolo todo por ser la voluntad de Dios y renovar estos actos 12 veces cada hora “(un promedio de cada 5 minutos).
Tenía muy en cuenta la vida de Nazaret y todo su trabajo sencillo de cada día lo unía a aquella vida y apostolado: “He procurado mirar a Jesús en su celo por las almas, para imitarlo, en Nazaret en su vida, de trabajo y en su vida apostólica. Quiero, Dios mío que toda mi vida sea apostolado a lo carmelita oculta en tu Corazón”. Vivía intensamente la Infancia Espiritual de Sta. Teresita del N. Jesús.
 
 
LA PRIMERA EN TODO
 
Desde que entró, ya hemos dicho que se propuso el apostolado del buen ejemplo, pero con la responsabilidad del Priorato todavía se empeñó más en ello. No se concedía a sí misma dispensas de ninguna clase, ni las pedía cuando no era Priora.
Cuando se trataba de algún acto o de algún trabajo de comunidad, allí estaba ella sin falta, por muchas ocupaciones que tuviese urgentes. Cuanto más pesado y esforzado era, tanto más pronto llegaba. Era la primera en llegar y la última en retirarse. Tomaba para sí lo que suponía más trabajo, lo más humilde. Siempre para ella tomaba lo más pesado y costoso. Acostumbraba a cocinar, además de estar de semana como todas, el día de Ntra. Madre Sma. del Carmen o el Jueves Santo, que hacemos una comida que lleva más tiempo.
Un día de blanqueo estaba subida sobre una escalera de solo un pie. De pronto resbaló y se quebró la escalera. Ella se cayó levantándose unos centímetros la palma de la mano cerca de la muñeca. La sangre iba corriendo. Las monjas se apiñaron a su lado para darle remedio. Ella como la cosa más natural, no dando la menor importancia se allanaba la carne levantada con la otra mano, dándose golpes como quien está “aplanando” un filete. Una monja horrorizada le dijo: “Pero Madre ¿quiere hacer el favor de ser normal?” Al verlas tan asustadas contestó con todo su aplomo: “Son VV.CC. las que no son normales”. La cosa se resolvió llamando al médico que tuvo que darle varios puntos.
Era una persona muy cabal, de recto juicio, muy preparada, ecuánime, perfectamente equilibrada. De una memoria prodigiosa. Cuando las HH. se admiraban de su grandísima memoria, les respondía: “Es que VV. CC.tienen una memoria de gorrión”.
Cuando no era Priora seguía interesándose mucho por la salud de cada una. Preguntaba a las novicias, o a las enfermas si habían dormido bien, y si habían ido al médico qué les había recetado. Les convencía de que les convenía tomar los remedios prescritos y procuraba que no se olvidasen, ella misma se lo recordaba. Y si era necesario se los aplicaba.
 
FORTALEZA HEROICA
De la Madre Concepción alguien ha llegado a pensar que toda su vida de abnegación y sacrificio y cuanto ha podido guardar de observancia regular era debido a su grandísima salud. A primera vista puede en efecto parecer que así es. Pues según ella siempre aseguraba “nada me cuesta” “todo me va muy bien” “nada me duele” “esto lo puedo hacer, no me cuesta nada” etc. Tanto es así, que algunas decían: “La M. Concepción en el cielo tendrá una corona de “latón”, porque no ha hecho ningún sacrificio.
Desde luego muchas cosas, como dice Sta. Teresita no las sabremos sino en el mismo cielo. Y sobre todo de esta Madre que solía repetir cuando queríamos sonsacarle algo: “mi secreto para mí”. Pero afortunadamente la Providencia de Dios, para nuestra propia edificación, ha querido darnos un poco de luz sobre esta alma y datos concretos físicos para que sepamos algo de la verdad.
Desde pequeñas cosas, como pueden ser sabañones y grietas en manos y pies, hasta otras graves que padeció, para ella todo era como si no fuese. Si se trataba de ella, nada tenía la menor importancia. Otra cosa distinta era –como ya hemos visto- cuando el mal lo padecía otra.
La receta que nos decía que a ella le iba bien para los sabañones era: “dejarlos picar y, así cuando hace un rato que pican, se cansan y ya no molestan”. Todo lo más se ponía un poco de esparadrapo para evitar que la sangre de las grietas grandes que tenía en las manos manchasen la ropa de la comunidad que zurcía. Eso era todo el remedio.
En su primer Priorato murió una hermana suya (la que le seguía en edad) de cáncer de matriz. Por cierto que cuando iba para operarse, coincidió que había una visita en el locutorio. La M. Concepción, hizo un acto de propia abnegación de no hacerla subir ni decir nada a la visita que había, y la atendió en el torno. Ya no la volvió a ver en su vida. Como ella tuviese los mismos síntomas de los que murió su hermana pensó: “No diré nada a nadie. Mi hermana lo ha dicho a los médicos y la han operado y no ha habido remedio ¿por qué lo tengo que decir yo si no hay remedio?  Y así decidió callarlo. Afortunadamente no fue cáncer lo que ella tuvo. Pero así, como se encontraba, con una continua hemorragia, hizo la vida de observancia como todas sin decir nada a nadie, sin que nadie le notase nada y sin dispensarse en nada.
Una vez le salió un herpes zóster en el muslo y pierna. Como que era Priora no dijo nada y seguía la vida normal. A una de las monjas que es farmacéutica le dijo: ¿Quiere darme alguna cosa para una Hna. que le han salido unos granitos?. Y la “licenciada” sin ir a pensar para nada de lo que se trataba le dio una simple pomada que nada tiene que ver con el herpes y, con ella pasó. Mientras, seguía sentándose en el suelo, como de costumbre, sin dar muestras a nadie de lo que le estaba ocurriendo. Y así como que tenía tantísimo interés en la observancia regular y en dar buen ejemplo nadie se enteró de tal cosa hasta que muchos años después una Hna. hablándole de la costumbre de las carmelitas de sentarse en el suelo le confesó: “A mí la verdad, a veces me ha costado sentarme en el suelo, tenía dolor, me hubiese sentado en un banquillo, pero pensaba: si comienzo a sentarme en él ya no volveré a poder sentarme en el suelo. Y me hacía fuerza para seguir sentándome en tierra. Si no hubiese tenido mucho interés ya no podría hacerlo.”
¡Cuántas cosas habrá pasado esta Madre nuestra sin que nos hayamos enterado! Una pasó, que por su parte nos la quería, como siempre ocultar, pero Dios se encargó de hacernos de ella testigos.
Era el año 1982. Tenía 77 años. Estaba en el coro dirigiendo el Santo Rosario, arrodillada como siempre. De pronto al decir el Misterio no supimos qué cosa le estaba pasando, no se la entendía, nos volvimos a ella y estaba muy blanca, seguía arrodillada y parecía como si le diese algún ataque. Se quedó como desvanecida. La sentamos inmediatamente, pensamos que había llegado su fin. Al poco rato tuvo allí mismo un vómito de sangre y pensamos que acababa de expirar. Pasó un tiempo y volvió en sí. Era tiempo de ir a la colación. Nosotras queríamos acompañarla a su celda. De ninguna manera quería ir allí, sino al refectorio como todas y con todas. Las HH. le decían: “Pero Madre V.R. no puede ir al refectorio, no se encuentra bien”. “Sí, estoy muy bien”.” Mire cómo tiene la toca”. Cuando la vio llena de sangre respondió sin alterarse lo más mínimo: “bueno, pues me la voy a cambiar y voy al refectorio”. “Pero V.R. no puede comer ahora”, ”Sí, que puedo comer”. Pero ¿qué va comer? Ella preguntó: “¿Qué hay para comer?.” Lentejas y... (una cosa típica mallorquina, hecha con verduras). Ambas cosas muy pesadas. Contestó inmediatamente: “Pues comeré lo que todas”. Entonces yo, que era Supriora le dije: “Madre, V.R. no puede ir ahora al refectorio, tiene que ir al hospital”.
Se me quedó profundamente grabado su gesto de obediencia. Sin decir ni una palabra más se dispuso para ello. Una Hna. la ayudó a vestirse, y cuando ya salía de la celda le dijo, pensando moriría: “Madre ¿hemos de tener pesar por haberla dejado marchar si muere fuera de la clausura?. Ella siempre tan llena de paz y serenidad le contestó: “No, estén bien tranquilas, porque pienso que al cielo tanto se puede llegar desde el hospital como de la clausura.”
En el hospital tuvieron que hacerle transfusiones de sangre pues había perdido mucha con el vómito que vimos y con diversas evacuaciones que no nos quiso decir. ¡Y aún así estaba en el coro arrodillada como si nada ¡Cómo se debería encontrar!. Si hubiese dependido de ella, de haberle sucedido esto en su propia celda en lugar del coro, no nos habríamos enterado nunca y hubiese continuado sin más la vida común de observancia.
Muy preocupadas mandamos a nuestro Capellán al hospital para que nos dijese cómo se encontraba. Reunió en el locutorio a la comunidad y dijo: “De parte de la Madre vengo a decirles que son todas unas “blaias”, que quiere decir: ”tontinas”, “bobales” “merenguillos asustadizos”.
Cuando le hablábamos de esto siempre le quitó toda la importancia, diciendo que “aquello no había sido nada, fue simplemente una aspirina”.
Efectivamente tomaba aspirinas muy de continuo, y ¿por qué tomaría tantas si como decía ella, nada le dolía y se encontraba perfectamente bien? Cuando al fin de su vida se lo preguntábamos confidencialmente para descubrir la verdad de lo que le ocurría, sin darle la menor importancia contestaba: “nada, un poquito de dolor aquí” y señalaba la espalda derecha. ¡Cuánto debería dolerle no la espalda derecha sino toda la columna tan encorvada y completamente desviada!
Comía despacio habitualmente. ¿Por qué?. Como era su costumbre, no decía nada, pero nos dábamos cuenta que la dentadura nunca le había ido bien. En la celda cuando nadie la veía se enjuagaba la boca con agua sal. Decía: “A mí me va muy bien el agua con sal”. Y con el dedal se dedicaba a limar la dentadura por las partes que le rozaba y lastimaba la boca. Cuando le preguntábamos si le dolía, siempre nos decía: “me va muy bien”. Se la veíamos muy grande y le insistíamos que avisaríamos para que se la arreglaran. En ninguna manera lo quería: “Me va muy bien” y de aquí no la sacábamos.
“Me va muy bien”. “Esto lo puedo hacer”. “No me duele nada”. “No me cuesta nada.” ”No me doy cuenta de tal cosa” etc. Este era su habitual lenguaje, dicho con la mayor sencillez y naturalidad cuando alguien le ponderaba sus trabajos. Ya se le podían juntar todos los males a un tiempo que no cambiaba estas palabras. Todas pensaban: ¡Vaya complexión y salud férrea la que tiene la M. Concepción, nunca tiene nada! Parece como S. Pedro de Alcántara, “hecha de raíces de árboles”. ¿Dónde tenía puesto el límite del poder y no poder? Es que estaba del todo acostumbrada a pasar sin nada y con menos que nada. Cuando por ejemplo se iba la luz y mirábamos de abastecer las celdas con candiles decía: "no, no necesito la luz; me acostumbré a estar a oscuras y me va muy bien”. Aquí se le escapó uno de sus secretos: Se había ido acostumbrando desde el principio a la total y más absoluta negación de sí misma en todas las cosas: en lo material y en lo espiritual; en sentidos y potencias; en lo natural y en lo sobrenatural... en todo... andando a oscuras “sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía”. Y añadía: “y me va muy bien”. Ya lo dice Ntro. Sto. Padre: “¡Oh dichosa ventura!”.
Un buen día amaneció que casi no podía andar, le costaba muchísimo. Iba con gran lentitud. Llamamos a un médico y dijo que era reuma y que le diesen friegas. Se las daba la enfermera, pero parecía que persistía la dificultad. La vio otro, y confirmó que se trataba de reuma, que prosiguiesen las friegas. La enfermera ponía en ello toda la dedicación y la fuerza que podía. La M. Concepción no decía nada. Cuando le preguntaban qué tenía respondía: “un poco de reuma”. Pensábamos: ¡qué extraño, con lo sacrificada que es y que por un poco de reuma muestre ahora tanta dificultad en el andar! Estando así subió los altos escalones de la escalerilla del púlpito para leer en el refectorio. Subía y bajaba escaleras; andaba, porque le decían que tenía que hacer ejercicio, todo lo obedecía sin la menor resistencia, pero se la veía que casi no podía dar paso. Se le empezó a hinchar toda la pierna. Al fin la llevamos al Hospital Militar. Subió por su propio pie las escaleras de allí. Le hicieron radiografías. ¡Tenía la cadera rota!, había que ponerla prótesis. Tantas friegas como le habían dado ¡sobre la cadera rota! Y La Madre callaba.
Los puntos de la operación, se le habían hincado ya mucho, por lo que para quitarlos se vio con hartos trabajos la A.T.S. Tenía que abrir la carne para sacarle cada punto. Como ella no se quejaba ni decía palabra, le preguntamos si le dolía, “esto no duele”, nos respondía. Le preguntamos qué sentía. Y contestó sin darle la menor importancia: “nada, como unas cosquillas”.
Al año siguiente cayó de la tarima y además del gran golpe que se dio en la cara que daba lástima el ver tantos morados se quebró el dedo pulgar de la mano derecha y la otra cadera. Los médicos cuando veían su fortaleza en el dolor y su ánimo singular quedaban muy espantados y decían: “Ya me gustaría a mí que mis pacientes tuviesen la mitad del ánimo que tiene esta señora”. Y también: “Si todos los enfermos fuesen como Vd. los médicos no tendríamos tanto trabajo”.
A los dos días de la operación nos contó una enfermera del Carmelo seglar, muy amiga de la comunidad que le dijo: ”A ver, hermanita, enséñame a andar con las muletas”. “Madrecita, ahora todavía está muy tierna la herida, ¡si se la hicieron antes de ayer!. Como ella insistía le di el capricho. Dé un paso, y... pum. No se cayó porque yo la cogí. Le dije: Madre ya se habría caído una vez. Ella me contestó: “Venga, otra vez, otra vez”.  Y a la próxima, también pasó lo mismo. Pero todavía quería intentarlo de nuevo. A la tercera le dije: Madre ya ha hecho las tres caídas y ella contestó: "ya me enseñarás otro día”. Tenía una gran fuerza de voluntad, increíble”.
Después de la prótesis de esta otra cadera tuvo ya que usar andadores, porque no tenía casi estabilidad. Cuando llegó al convento, convaleciente de la operación y teniendo el dedo pulgar de la mano derecha escayolado se empeñó como toda la comunidad en aquel momento, en hacer palmas, para el día de Ramos.
No dejó tampoco de observar puntualmente todos los actos de comunidad y de cumplir con el barrido de los sábados y con su semana de cocina. ¡Qué cierto es que el amor es ingenioso para todo! Sólo su amor a Jesús, el celo por la salvación de las almas y el amor que nos tenía a nosotras, queriendo ayudarnos dándonos ejemplo hasta el fin, podía darle tanta fortaleza e ingenio. Ponía la olla encima de los andadores que recubría con un plástico grande para que no se ensuciaran. La llenaba de agua y la trasladaba hasta el fuego. Como de cada día se iba encorvando más, casi no llegaba a los fogones, y así cocinaba; trasladaba las sartenes llenas de aceite que parecía se le tenía que venir encima. Le decíamos que tenía ya muchos años y que no podía hacer ya aquellos trabajos. Contestaba: ” ¡ y qué tiene que ver, aunque tuviese 100! Y añadía: “Dice Ntra. Sta. Madre: miren antes la necesidad que la edad; pues muchas veces habrá más edad y menos necesidad”. Insistía que no le costaba nada hacer todo aquello y que por el amor de Dios en ninguna manera la quitásemos de la cocina, que cuando no pudiese ya lo diría, pero que mientras tanto podía hacerlo perfectamente: “no me cuesta nada”. Nosotras, como nos dábamos cuenta de que Dios nos la ponía como dechado de virtud heroica y columna de observancia, y de que todo cuanto hacía era de gran valor a los ojos de Dios y bien para la Iglesia, la dejamos.
En varias ocasiones había manifestado cómo le llamaba la atención una Beata que había quedado ciega y de tal manera continuaba haciendo todo lo de su casa, que su marido no se había dado cuenta de ello. Hasta que un día le pidió le leyese el periódico. Entonces le hubo de decir que no veía.
Estando acostada en la tarima, la Hna. que desde que se rompió la primera cadera estaba con ella, advirtió un día que cerraba un ojo y luego el otro y alzaba varios dedos e iba haciendo pruebas con los dedos, alternando un ojo y el otro abierto. Como que nunca hacía la Madre Concepción nada extraño, sino que era la persona más equilibrada, le llamó la atención y le preguntó qué hacía. La Madre inmediatamente disimuló e hizo como si dormir. Cuando debió pensar que la Hna. había conciliado el sueño volvió a hacer lo mismo. Esta se alarmó y le preguntó qué tenía. Como que era silencio de rigor le hizo seña de que se callase.
Al día siguiente ante las insistentes preguntas de la Hna. le hizo prometer que no dijese nada a nadie, que si no no se lo diría. Ella lo prometió. Sólo entonces le reveló el secreto: El día de Ntra. Madre Sma. del Carmen de improviso se quedó ciega del ojo derecho. ¡Y nadie se enteró, ni sospechaba nada!
 
Cuando el 2-XI-90 fuimos por primera vez al Dr. Manuel de Timoteo Barranco, quien con tanto interés la ha venido siguiendo hasta el final, y a quien estamos tan agradecidas, nos dijo: “al dilatar la pupila veo que tras la catarata hay un gran desprendimiento de retina muy desarrollado de más de 2/3 de la retina, el pronóstico es infausto”. Informó a la paciente de lo que sucedía y cómo no había nada que hacer. Quedó admirado de su gran tranquilidad de espíritu y temple nada común, al aceptar su enfermedad como voluntad de Dios y resignación perfecta ante el reto de ver sólo con un ojo, que ya comenzaba a salir catarata, con un 40% de visión. Fue teniendo “en el ojo bueno” sucesivas complicaciones, quedando con una pequeña visión lejana, y mínima cercana, con ayuda visual de gran lupa hasta el final de sus días.
El Dr. Timoteo estaba muy maravillado de su serenidad y al tener noticia de su fallecimiento nos ha escrito textualmente: “Nunca se quejó del tratamiento aplicado; dócil y resignada, sufría en silencio, haciéndolo como una ofrenda de su padecimiento al Señor y me decía que todavía había personas que sufrían más que ella; era como un reto de lo que estaba dispuesta a afrontar”. “Con un temple nada común decía que si era voluntad del Señor acabar ciega lo aceptaba, con una tranquilidad pasmosa. Vivía sin vivir en ella, tenía su “castillo interior”, y lo de afuera salvo lo referente a la caridad, sus sufrimientos, eran como decía ella, “escalones para subir”. Me dejó asombrado con su temple y su fe. Ejemplo para mí, hombre de poca fe de entereza y santidad, no de estampita, sino vivir la santidad del día a día. Esta Sor fue un ejemplo de mortificación, entereza y santidad y lo que significa la fuerza de la oración. Descanse en paz y sea “luz” para todos nosotros”.
Tuve que recurrir al Dr. Timoteo, para que desistiese el querer seguir de semana de cocina, pues yendo con los andadores y estando casi ciega seguía diciendo que “lo podía hacer”. El Doctor le dijo que el vaho de las ollas le perjudicaba los ojos.
 
AUNQUE ME MATES EN TI ESPERARÉ Y DE TÍ ME FIARÉ...
 
Es lo que le había prometido al Corazón de Jesús el día de su Consagración. Y así en efecto lo cumplió todos los días de su vida, hasta su muerte. Preguntada por una Hna. si había pasado las noches de las que habla Ntro. Sto. Padre le confidenció: “Si alguna vez me ha venido algo de esto, enseguida he hecho actos de fe, esperanza y caridad”. Y le contaba que había un santo que siendo tentado de ir al infierno, mientras celebraba la Santa Misa, tomaba la Sda. Forma en sus manos y exclamaba: “Señor, si he de ser tan desgraciado de perderte por toda una eternidad, ahora que te tengo, no te soltaré”.
Y en su profundísima humildad e intensa vida teologal continuó diciendo: “Sé que puedo condenarme, pero pienso: Sé que si así ocurre será sólo por mi culpa, porque Vos sois justo y Santo. Por tanto, ahora quiero alabaros y glorificaros”.
Ya desde hacía años repetía la frase de Sta. Teresita: “Larga vida no rehuyo, mas si fuere gusto tuyo, quisiera al cielo volar”. Deseaba el cielo para estar con Cristo, pero como S. Pablo veía que el estar con nosotras es lo que más necesitábamos.
 
“APOSTOLADO A LO CARMELITA OCULTA EN TU CORAZON”. Sed de amor y de almas.
 
“Quiero, Dios mío que toda mi vida sea apostolado a lo carmelita oculta en tu Corazón”.
“El Padre ha leído de los Stos. Evangelios lo que trata de la crucifixión, luego nos ha dicho fuéramos a la celda y ante el crucifijo terminásemos la meditación. Yo he leído el Evangelio de S. Juan y me ha emocionado mucho cuando dice: “Tengo sed”; me he imaginado que Jesús me miraba y me decía: “Tengo sed de amor y de almas” y le he prometido hacer lo posible para apagar su sed, pero que tiene que ser El quien me lo haga cumplir”. (Ejercicios 1971).
Como los últimos años de su vida quedó casi ciega me pidió si le podíamos hacer una especie de cuadro para tener colgado en su celda a fin de tenerlo presente, escrito con grandes caracteres. Lo que pedía escribiesen eran estas palabras que sabía de memoria y nos las repetía constantemente como lo mejor que podíamos hacer en favor de la Iglesia: “La contemplación de los divinos misterios y la unión asidua con Dios en la oración no sólo es el primero y principal deber de las Carmelitas Descalzas, sino que constituye la esencia misma de su vocación y el apostolado único y exclusivo de su vida inmolada íntegramente en la contemplación. Por tanto, esfuércense en progresar cada día en la intimidad divina por medio del trato con Dios, convirtiendo en oración su vida entera. “ (Cfr.can. 663-1).
Un alma tan unida a Dios sólo ardía por sus mismos intereses. Imploraba constantemente el fuego del Espíritu Santo sobre el mundo entero. Encontraba un sentido cada vez más pleno en la Santa Misa, en la que se ofrecía a sí misma, juntamente con la víctima divina por la redención de todo el mundo. En el sacrificio eucarístico encontraba la fuerza de su santificación diaria y de su inmolación constante. Esta era su vida. Se sentía ¡tan llena de Dios! Y con inmenso gozo interior y gratitud nos decía: “¡Cómo se nota que comulgamos a menudo, incluso cuando se da el caso, dos veces al día!”. ¿Lo nota V.R.? “Sí”.
 
Le preocupaba la salvación de todos, y también el bienestar material de todos nuestros hermanos y de los que están en tierras de Misión. Por eso procuraba mucho, incluso cuando no era Priora –hasta su muerte fue Clavaria- procuraba mucho con grandísimo interés, que se mandaran limosnas para remediar las necesidades espirituales y materiales de todo el mundo. Nos lo había enseñado: “cada una procure trabajar para que coman las demás”. Estas palabras de Ntra. Sta. Madre que se refieren a la comunidad, ella las extendía también a todo el mundo; por esto le gustaba trabajar para este fin, para que pudiésemos socorrer las necesidades de todos los hombres.
Cuando querían aplicar por ella la Misa, o cuando tenía oportunidad de hacerlo, suplicaba fuese a través de la “Iglesia Necesitada” para así ayudar a aquellos sacerdotes.
Amaba a todos: empezando por los más “próximos”, por su propia comunidad; pero su celo llegaba hasta el último confín de la tierra. Rezaba y se sacrificaba e inmolaba por todos y cada uno. Nadie quedaba excluído de su vida de oración y amor en la Iglesia y por la Iglesia a quien tanto amaba, por quien se ofrecía, y por quien pedía todos los días su santidad. Era muy consciente de su apostolado de alma contemplativa en el mismo corazón de la Iglesia, con su vida escondida con Cristo en Dios.
“Pienso que cuanto más se ha subido y más cerca se está de la cumbre, hay que hacer un esfuerzo mayor para llegar a la meta. Así, cuantos más años han pasado y más cerca se está de la muerte hay que hacer un esfuerzo mayor para recuperar el tiempo perdido, pues como falta poco, no se puede perder ni un minuto. Corazón de Jesús, en Vos confío que me daréis las fuerzas necesarias.”(Son los últimos Ejercicios que escribió, por perder después la vista. Dirigidos por el P. Juan Bosco de Jesús, O.C.D.)
Y es que el amor no la dejaba sosegar. ¡La Redención!: “suplo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”; la salvación y celo por las almas; la gloria de Dios; el grito de Jesús en la cruz: “tengo sed de amor y de almas”; el suyo propio: “para que reines”...
Escribía en unos Ejercicios: “Soy hija de la Iglesia. Todo se resume en una palabra: AMOR”. Tenía un ardiente deseo de la Evangelización de todos los pueblos. Oraba mucho, muchísimo, por la intención del Papa: ¡LA NUEVA EVANGELIZACION!.
Dios le concedía gran memoria para acordarse de encomendarle una a una muchas personas, diciendo su nombre en particular. A veces ocurrió que vino algún sacerdote o por ejemplo D. Rafael Stern, “El S. Pablo del Siglo XX” como se le llama, que ha venido algunas veces en varios años. Al preguntar ellos si le recordábamos, ella con toda sencillez decía: “todos los días le encomiendo a Dios”. Nosotras nos quedábamos admiradas de este celo y gran caridad. Se la veía completamente dominada por el Espíritu Santo y vivir inmersa en la Trinidad, aunque siempre natural y sumamente afable con todos.
 
¡QUE LLEGA EL ESPOSO! ”No puedo perder ni un minuto”
 
Ya en 1958 escribía: “¿Qué desearé en aquella hora de la muerte? Dios mío, deseo empezar desde ahora a escoger lo que en aquella hora me dará más paz”.
 Había propuesto: “Procuraré todos los días recibir la Sda. Comunión como si fuera el Viático”. Viviría todavía 41 años más en este mundo. Sin embargo se preparaba para morir en cualquier momento desde hacía mucho tiempo: “Procuraré escoger lo que en aquella hora me dará más paz”.   “Obre de manera como le gustaría haber obrado a la hora de la muerte”. Estas últimas palabras que nos repetía en casi todos los capítulos cuando era Priora, las vivía en plenitud. Rezaba diariamente de todo corazón la aceptación de la muerte, con indulgencia plenaria. Una Hna. le preguntó un día si creía que iría al purgatorio. En su humildad le contestó que estaba completamente abandonada en los brazos de Dios para lo que El quisiese hacer de ella. Como que la Hna. le insistiera le contestó: que a esta aceptación plena de la muerte le había concedido el Papa indulgencia plenaria para aquella hora, por lo que por este motivo creía que no iría. Y añadía: "Quizás alguien pensará que estoy tranquila por las cosas que puedo haber hecho. No, nada de esto. Yo me siento “sierva inútil sin ningún provecho” Descanso no en mis obras, sino en los méritos infinitos de Cristo, y a ellos uno todo cuanto hago”.
 Sentía arder en su alma la “llama de amor viva”. “Acaba ya si quieres, rompe la tela de este dulce encuentro”. Mientras este dichoso momento esperaba, no aflojaba ni un ápice la observancia, sino todo lo contrario, pues decía: “No puedo perder ni un minuto”. Si nunca había tenido compasión de ella, parece que ahora la tenía todavía menos: “No puedo perder ni un minuto”. “Amar es darse, olvidarse, sacrificarse, por aquel a quien se ama”, nos había repetido tantas veces. Y quiso darse, olvidarse, entregarse, hasta el fin con la mayor afabilidad y alegría. Decía al principio de su vida religiosa: “Me parece que si mil veces tuviese que escoger, siempre escogería lo mismo”. Y al final de sus días ya no dice: ”me parece”, sino que “afirmaba” con toda decisión: “si mil veces tuviese que entrar volvería a entrar otras mil”. Nos aseguraba una y otra vez que en el Carmelo había sido siempre inmensamente feliz.
A pesar de no tener estabilidad ni firmeza para andar y sostenerse en pie, a pesar de estar muy sorda y casi ciega, a pesar de sus 93 años, todas las mañanas subía las escaleras para ir a la ropería a zurcir ¡sin ver! porque “tenía que trabajar”. Y allí se pasaba la mañana; acudía por su pie a todos los actos de comunidad, con la mayor naturalidad, sin comentarios, sin hacer ningún problema, como si nada de esto le ocurriese a ella. Iba al coro bajo para la Santa Misa, por lo que tenía que bajar y subir la escalera de peldaños no pequeños; procuraba arreglárselas sola, y no quería que la sostuviésemos, a fin de no ser carga para nadie. Algunas HH. se quedaban en el coro alto para la Misa, y cuando la veían bajar, con más edad y quizás con mayores achaques que ellas, se maravillaban (aunque como no los pregonaba, la verdad es que no sabían que tuviese tantos). Una novicia para saber su reacción quiso comentarle este detalle. Ella bien serena le respondió: ” es que yo puedo bajar sin ningún problema.” Ni se sorprendió, ni tuvo orgullo, ni criticó a las que se quedaban arriba, ni se sintió superior a ellas...
A finales de 1998 tuvo un estado delicado griposo. Llamamos a nuestro médico de cabecera Dr. D. Vicente Pieras, y le llamó mucho la atención la fortaleza y serenidad de la M. pues al preguntarle qué pasaba, si no se encontraba bien, respondió que sí, que éramos nosotras que nos habíamos alarmado porque tenía unas décimas (llegó a tener 38 y 39º de fiebre). Y D. Vicente exclamó: ¡Y dice unas décimas! Entonces me pareció prudente durante una temporada que no se levantase tan pronto, ni bajase para la Misa, y que no saliese de su celda para el refectorio para que no se resfriase. Al coro alto sí iba, porque está a pocos metros de su celda. Así pasó un tiempo. Ella me insistía para que la dejase bajar para ir con la comunidad a Misa. Todos los días le tomábamos la temperatura. El día de la Inmaculada fue a Misa con la comunidad.
 
ULTIMO DIA DE SU VIDA
Con la Misa conventual de la mañana acabamos los Ejercicios que nos predicó el P. Jacinto María de la Cruz, O.C.D. Ella con las enfermas los siguió desde arriba. A la conclusión de los mismos, el P. nos impartió la Bendición Apostólica con indulgencia plenaria. Por la tarde, después de Nona tuvimos el abrazo de comunidad. Como a esta hora la dejaba que descansase en la celda, una Hna. la fue a buscar para el abrazo. Llegó cuando todavía había un buen grupo de monjas. Todas notaron que a la M. Concepción la embargaba una alegría interior indescriptible y profundísima, que se desbordaba en una sonrisa de cielo tan angelical que no podía disimular. Nos dio el abrazo radiante de felicidad. Nos lo había repetido siempre: “Esta vida es un cielo, si lo puede haber en la tierra, para la que quiere cumplir sólo la Voluntad de Dios. En queriendo más todo se pierde, pues no lo puede tener”.
Aún en este tiempo que estuvo delicada, a excepción de Laudes y Nona asistía a la Liturgia de las Horas con gran interés y puntualidad. Se levantaba y sentaba con la comunidad durante el rezo coral como cualquier monja sana, aunque no podía leer el breviario, ni entendía casi nada (por lo que rezaba después además los padrenuestros que manda la Regla por más que le decíamos que por haber asistido al coro no estaba obligada), y esto hasta los maitines de la noche en que el Corazón de Jesús la vino a buscar. En estos maitines le notaron las HH. que estaban a su lado una respiración muy fatigosa, que les llamó la atención. Sin embargo, ella como siempre: “estaba muy bien”, “no tenía nada”.
Como que casi todas estábamos con gripe, adelantamos el rezo de maitines y fuimos a acostarnos más pronto. La Hna. que desde hacía unos 12 años estaba con ella en su celda por la noche, la ayudó a acostarse. Como acostumbraba, antes de acostarse hizo un acto de contrición, dándose un golpe de pecho y besando el crucifijo con gran amor y reverencia. Dijo la aceptación de la muerte. Se acostó. Pidió a la Hna. rezase por un alma en especial –sin decirle cuál- “No es que sepa nada, pero me ha venido esta alma”. La Hna. la ayudó a rezar. Rezó las tres Ave Marías. A continuación las volvió a repetir, por lo que la Hna. le advirtió: “las tres Ave Marías ya las hemos dicho”; contestó: “Aquellas eran para mí, ahora son por los que no rezan”.Rezó como de costumbre muchas otras oraciones. Antes de dormirse a la pregunta de la Hna. respondió que la persona que más amaba de entre todas era: el “Corazón de Jesús y la Sma. Virgen”. Eran las 10,30 de la noche.
 
MADRUGADA DEL 7 FEBRERO DE 1999. “¡HE DE SUBIR!”

Pasadas las dos de la madrugada sintió necesidad y, sin llamar a la Hna. para no molestarla, se levantó sola a oscuras. Salía de dentro de ella como un ruido extraño, pero no era de respiración. La Hna. en seguida se levantó y le preguntó qué era aquel ruido. Ella contestó que no sabía, pero sin alarmarse ni perder su habitual serenidad. Tenía los labios muy blancos de los que le salía espuma. El ruido continuaba. Mientras que la Hna. la arreglaba estaba de pie. Debía tener mucho dolor y se miró la mano derecha; la Hna. la miró también y vio las venas muy oscuras, como negras. Ella inmediatamente retiró la mano para que la Hna. no se la viese. No se quejaba, no decía nada, no pedía nada. La Hna. le dijo: “Madrecita, ¿qué le pasa? ¡se está muriendo!” La M. la miraba con una ternura indecible, pero no le pedía nada y seguía de pie. ¿Se encuentra mal? Aquí con la cabeza asintió. ¿Llamo a Ntra. Madre? ¿Llamamos al médico?. Era de madrugada, toda la comunidad dormía; la Hna. no quería salir a buscar a nadie y dejarla sola justamente en aquel momento. En vistas de que la Hna. no sabía qué hacer, lo decidió ella misma y como S. Luís Gonzaga, que estando un día en recreo al preguntarle qué haría si le sobreviniese en aquel momento la muerte, contestó: “seguiría jugando”, así ella, como era tiempo de dormir, se volvió con firmeza hacia la tarima, como si nada ocurriera en un supremo y último esfuerzo por cumplir la Voluntad de Dios. Madrecita ¿qué hace?: ”¡HE DE SUBIR! ¡he de subir! “ repitió. Y entregó su alma a Dios. No subió a la tarima, sino más alto: a los brazos de nuestro Padre Celestial. Eran aproximadamente las 2,15 de la madrugada del domingo 7 de febrero de 1999. Tenía 93 años 9 meses y 13 días.
No había dicho nunca por dolores que tuviese que se encontraba mal, y cuando al preguntárselo asintió con la cabeza, caía muerta.

FUNERAL  Y ENTIERRO
El funeral fue al día siguiente, lunes a las 6,30 de la tarde, presidido por nuestro Sr. Capellán Dr. D. Juan Torrens, Delegado diocesano de Piedad Popular, quien con tanta dignidad y unción oficia siempre la Liturgia. Coronaron el altar 18 sacerdotes. Dos de ellos primos de la M. Concepción. Al acabar la Celebración D. Juan rogó a los presentes que se sentasen y dijo entre otras estas palabras: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”... Estas palabras que cantábamos en el salmo responsorial de ayer, domingo, podría ser el resumen de toda la vida de la M. Concepción. Ante una vida tan excepcional no podemos menos de dar gracias al Señor que nos concede en medio de todas nuestras tinieblas estas luces admirables que nos impulsan a nosotros también a su imitación. No es que yo pretenda elogiar ni canonizar a nadie; solamente resumir los buenos ejemplos que van pasando por el mundo en medio de tantas noticias malas. Es lo que nos decía el Evangelio de ayer domingo: “para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen al Padre que está en el cielo”. Este ha sido mi objetivo en esta alocución final y esta debe ser el objetivo de nuestra vida”.
El encargado de dar sepultura a las monjas de vida contemplativa a pesar de haber enterrado 52 monjas quedó vivamente impresionado al ver cómo la gente nos pedía que pasásemos rosarios y crucifijos por su cuerpo; nos pedían trozos de escapulario y él mismo cortó el primero un pedazo de capa. Se encomendó a ella, ya que desde pequeño (tiene 45 años) - y aún de herencia- venía sufriendo unos fortísimos dolores de artrosis en cuello y cabeza, llegándole a coger todo el brazo izquierdo. Las medicinas no podían hacerle apenas nada; había probado toda clase de remedios y él mismo se daba ya por imposible. Al ver pues, lo que estaba ocurriendo con la M. Concepción le hizo una brevísima súplica, al tiempo que la tocó y su frente. Se llevó disimuladamente los dedos con que la había tocado donde tanto le dolía e, instantáneamente le desapareció el dolor y hasta la fecha, hace casi un año, no los ha vuelto a sentir.
Con gran pena mía, yo no pude asistir al funeral y entierro. Estaba con fiebre alta y tuve que ofrecer este gran sacrificio. Las HH. que estaban allí nos dicen:
Al ir a introducirla en la sepultura, no acababa de entrar la caja en el nicho, faltaban unos centímetros, por lo que el albañil empezó a picarlo. Pero al encargado arriba mencionado le pareció más oportuno ir a buscar otra caja más pequeña que tenía en el taller. Dª Pilar de Oleza hermana de la M. Concepción, que con los demás familiares estaban esperando en la reja del coro bajo, exclamó: “¡Ya me parecía a mí que a María no le gustaría que la enterrasen en esta caja!” (se refería a que era madera muy labrada y poco austera). En efecto, así era, pero no tenían a mano otra cosa. Llegó la otra caja, como de chapa, en extremo pobre y sencilla y además deteriorada, pues la humedad había   abombado la tapa de tal manera que no podía cerrar. La colocamos en esta otra caja, y al punto el rostro de hacía 42 horas cambió. Su expresión de muerta, un tanto seria en que había quedado, de pronto se trocó por otra de una preciosa e inolvidable sonrisa, tanto que era una lástima enterrarla. Empezamos a fijarnos todos y al mirarla exclamábamos: ¡qué guapa está, se ríe, está sonriendo ahora, qué preciosa! Entendimos el por qué de esta sonrisa: Quiso vivir en el Carmelo con lo más austero, pobre, inservible; y con ello quiso expresamente ser también enterrada. Fue su última sonrisa en este mundo.
 
 
 L. D. et Vque. M.
 
 
 
 
 


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